La Sabiduría y Una Carta Que No Fue Enviada

“Una acción repentina y áspera nunca es la mejor reacción.

En el momento en que nos encontramos nadando en un mar de emociones y la ira amenaza con hundirnos, sentimos que un arranque de temperamento sería la mejor opción. Pero si cedemos ante tal sentimiento, diremos o haremos cosas que luego traerán vergüenza.

Recuerdo a un hombre que hace años solía escribirme cartas bastante largas. A veces las firmaba, pero con frecuencia las dejaba de manera anónima. Como conocía su letra, por lo general, las hacía a un lado y no les ponía atención. Pero un día, en un momento de debilidad, sucumbí. La chispa explotó. Le respondí escribiéndole una carta airada. Me tomó como dos horas escribirla con el deseo de poner al tipo en su lugar.

Le entregué la carta a mi asistente y le dije: “Escríbela a máquina”. Ella lo hizo y luego vino y me preguntó: “¿Le molestaría si le digo algo?”

“Adelante”, le dije.

Ella entonces me sugirió que no enviara la carta ese día, sino que meditara acerca de ello.

Ella tenía toda la razón. Ella pensaba que después de unas horas, yo vería la situación más clara a través de los ojos de la sabiduría.

Los diccionarios ofrecen varias definiciones con respecto a la palabra sabiduría, pero la más clara es: ver la vida desde la perspectiva de Dios.

Si pudiésemos ver la vida como Dios la ve, podríamos analizar los problemas y hacer lo correcto en vez de ver los problemas desde una perspectiva emocional.

¿No le gustaría ver sus problemas desde la perspectiva de Dios? Lo puede hacer usando los lentes de la Palabra. El libro de los Proverbios nos ofrece un buen lugar para comenzar. Este libro del Antiguo Testamento nos enseña que la sabiduría está a nuestra disposición.

“Quiero ser parte de tu vida. Permíteme entrar”. ¡La sabiduría está tocando a la puerta en este mismo momento!

No obstante, la sabiduría no entrará a la fuerza. Está al alcance, pero nosotros podemos elegir hacerla a un lado. Podemos despreciarla y tal como el amante abandonado nos diría:

“Los llamé muy a menudo pero no quisieron venir; les tendí la mano pero no me hicieron caso”. (Proverbios 1:24)

El problema no es la disposición de la sabiduría sino es nuestra falta de buscarla apasionadamente. ¿Recuerda al impetuoso Sansón? Aquél fortachón cuya debilidad eran las mujeres. Él despreció la sabiduría que le decía que resistiera la seducción de Dalila y eso le causó el desastre. Si rechazamos la sabiduría, “la calamidad [cae] sobre ustedes como una tormenta” (1:27).

A diferencia de Sansón, Salomón inicialmente buscó apasionadamente la sabiduría. Cuando Dios le dijo al joven rey que pidiera lo que quisiera, este dijo: “un corazón comprensivo. . . y sepa la diferencia entre el bien y el mal” (1 Reyes 3:9). Dios aceptó su petición y le concedió un “corazón sabio y entendido” (3:12).

Dios todavía regala sabiduría en abundancia a aquellos que la buscan apasionadamente. Pero no debemos olvidar que hay que pedirla (Santiago 1:5). Y una vez que la recibimos debemos aferrarnos a ella, seguirla y no dejar que la pasión se apague. ¿Por qué? Recuerde lo que le sucedió a Salomón por no hacerlo.

La verdadera sabidur ía se or igina externamente, lejos de nuestra naturaleza impulsiva. La sabiduría viene de Dios mismo, directamente desde Su corazón… a través de Su Palabra. . . a donde estamos.

¿Necesita sabiduría sobre cómo lidiar con la crítica? ¿Un ex cónyuge irracional? ¿Un adolescente respondón? ¿Esa lucha duradera contra la ansiedad?

• Sature su mente con la Palabra de Dios.

• Sintonice su oído a la voz de Dios.

• Solicite la compresión divina que viene de Dios.

• ¡Busque la sabiduría de manera apasionada y póngala en práctica!

La sabiduría que usted necesita estará a su disposición precisamente cuando la necesite.

A propósito, encontré un versículo que me ayudará la próxima que me sienta tentado a intercambiar palabras con un crítico:

Algunas personas dicen comentar ios hirientes, pero las palabras del sabio traen alivio. (Proverbios 12:18).

¡Qué palabras tan ciertas! Si hubiese recordado ese consejo en ese momento, la sabiduría de Dios me hubiera aclarado la visión, calmado mi corazón. . . ¡y yo no hubiera perdido el tiempo escribiendo esa carta! (A propósito, gracias al sabio consejo de mi asistente, nunca envié la susodicha carta).

Así que, abra el Libro. . . el libro de sabiduría de Dios. Y sus ojos se abrirán a la sabiduría. Usted nunca perderá el tiempo haciendo eso. Se lo aseguro.

Acerca del Autor

Charles R. Swindoll

Conocido sencillamente como “Chuck” en la comunidad cristiana en todo el mundo, el pastor, maestro y escritor Charles R. Swindoll ha dedicado más de cuatro décadas a la comunicación clara de la Palabra de Dios.  Junto con una...