El amor de Cristo nos obliga (Segunda parte)
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Nuestro Objetivo es Único.

Muchas personas piensan que cada quien debe vivir su vida como mejor les parezca, sean casados o divorciados, homosexuales o heterosexuales, religiosos o ateos. Siempre y cuando no le hagan mal a nadie, cada quien es libre de vivir como quiera y debemos aceptar a la gente tal como es y dejarlas vivir su propia vida. Inclusive, debemos respetar que crean lo que quieran creer acerca de  Dios. Pero el apóstol Pablo tiene una opinión diferente en cuanto a la responsabilidad de un creyente hacia los demás que no tienen a Cristo en su corazón:

«Por tanto, como sabemos lo que es temer al Señor, tratamos de persuadir a todos, aunque para Dios es evidente lo que somos, y espero que también lo sea para la conciencia de ustedes. No buscamos el recomendarnos otra vez a ustedes, sino que les damos una oportunidad de sentirse orgullosos de nosotros, para que tengan con qué responder a los que se dejan llevar por las apariencias y no por lo que hay dentro del corazón. Si estamos locos, es por Dios; y si estamos cuerdos, es por ustedes» (2 Corintios 5:11-13).

En lugar de ser tolerantes y aceptar las creencias de los demás, el cristiano debe, como dice Pablo, «persuadir» a los inconversos para que comprendan quien es Cristo y lo que Él desea para cada uno de ellos. Esto no quiere decir que hay que atiborrarlos con pasajes o presionarlos para que acepten la verdad de la Biblia.  Al contrario, deben modelar con su ejemplo la manera diferente de vivir la fe en la que creen. Deben estar dispuestos a sufrir el rechazo y el maltrato de los demás para demostrarles el amor que Dios les tiene.

El mismo apóstol, en otro pasaje de su primera carta a los Corintios, describe todo lo que tuvo que padecer con tal de demostrar el amor de Dios por los perdidos:

«Aunque soy libre respecto a todos, de todos me he hecho esclavo para ganar a tantos como sea posible. Entre los judíos me volví judío, a fin de ganarlos a ellos. Entre los que viven bajo la ley me volví como los que están sometidos a ella (aunque yo mismo no vivo bajo la ley), a fin de ganar a éstos. Entre los que no tienen la ley me volví como los que están sin ley (aunque no estoy libre de la ley de Dios sino comprometido con la ley de Cristo), a fin de ganar a los que están sin ley. Entre los débiles me hice débil, a fin de ganar a los débiles. Me hice todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles» (1 Corintios 9:19-22).

¿Ve por qué le digo que nuestro objetivo es único? En este mundo con una actitud de “que cada quien viva como de la gana”, es muy raro y algunas veces hasta ofensivo tomar una actitud como esta. Pero esa es la oportunidad que debemos aprovechar para mostrar a otros la eficacia del Evangelio de Cristo y la necesidad de comunicarlo por todos lados.

Nuestro Enfoque es Diferente.

¿Cuál es la pasión que le consume a usted en la vida? Déjeme decirle que, en los tiempos que vivimos actualmente, muy pocas personas tienen una pasión que dirija sus vidas. Vivimos en una sociedad hedonista, que gusta de la gratificación instantánea. Queremos satisfacer todos nuestros deseos, pero no estamos dispuestos a esperar. Nuestro lema es «no dejes para mañana lo que puedas recibir el día de hoy». No queremos dejar nada para después. Bueno, eso si se trata de recibir recompensas. Hablar de realizar las tareas o formar buenos hábitos, eso es otra historia. El mundo en el que vivimos está centrado en lo temporal, en el «aquí y ahora», no en las cosas que tienen un impacto eterno.

Pero los cristianos tienen un enfoque distinto. Ellos están motivados por una fuerza interna y sobrenatural que es el amor de Cristo. Pablo lo expresa de esta manera:

«El amor de Cristo nos obliga, porque estamos convencidos de que uno murió por todos, y por consiguiente todos murieron. Y él murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos y fue resucitado» (2 Corintios 5:14-15).

El amor de Cristo hacia nosotros y nuestro amor por Él es lo que ahora define nuestras vidas como creyentes. Es esta clase de amor lo que hace que veamos al mundo de manera diferente. Es el amor de Cristo lo que hace que muera nuestro egoísmo, y viva un deseo ferviente de vivir por medio de Él. En esta nueva manera de vivir, son tres las cosas que deben gobernar nuestros pensamientos: Primero, que Cristo murió por nuestros pecados; segundo, como todas las personas están espiritualmente muertas, todas necesitan a Cristo para que les vuelva a la vida; y tercero, que cuando le hemos entregado nuestra vida a Cristo, a partir de ese momento nuestra vida le pertenece a Él. Ya no deseamos vivir para nosotros mismos, sino para Él. Esta clase de mensaje es locura para un mundo, en el que cada quien procura ser el “número uno” en sus vidas. Si les decimos que el “número uno” debe ser Jesucristo, seguramente se llevarían la mano a la cabeza y pensarían que hemos perdido la razón. Es por eso que nuestro enfoque es distinto.

No sólo somos diferentes en nuestra motivación, sino también en nuestro sistema de valores. El mundo juzga a las personas de acuerdo a como se ven y a lo que tienen. Pero como creyentes, debemos ver a los demás a través de los ojos de Cristo. Pablo lo expresa de esta manera:

«Así que hemos dejado de evaluar a otros desde el punto de vista humano. En un tiempo, pensábamos de Cristo sólo desde un punto de vista humano. ¡Qué tan diferente lo conocemos ahora!» (2 Corintios 5:16).

En lugar de evaluarlos por su apariencia, debemos verlos por lo que son en sus corazones. Cuando hacemos esto, nos sentiremos motivados a acercarnos a ellos por la necesidad que tienen de un Salvador. Y de igual manera, ellos se sentirán motivados a acercarse a nosotros debido a lo que tenemos para ofrecerles, aun y cuando parezcamos que no estamos muy cuerdos según ellos. Pero la realidad del caso, es que los creyentes no solo estamos viviendo una nueva etapa en la vida. ¡Realmente hemos sido transformados por medio de Aquel que nos amó y murió por nosotros! Gracias a Cristo, ya no somos lo que éramos antes. Cuando Cristo invade una vida, realiza un acto de creación. Resucita en nosotros una nueva vida. Antes estábamos muertos espiritualmente, ahora nuestro espíritu esta vivo. Y en nuestra nueva vida, somos transformados de adentro hacia fuera, cambiando nuestras prioridades, nuestras relaciones, nuestras acciones. Y solamente Dios puede producir este cambio en nosotros. Y una vez que lo ha hecho, nos hace responsables de comunicarlo a los demás, como lo expresa Pablo:

«Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación» (2 Corintios 5:17-19).

Dios nos ha comisionado para comunicar al mundo que la muerte de Cristo ha apaciguado la ira de Dios por el pecado de la humanidad y la ha reemplazado con una aceptación de los pecadores. Aunque los pecadores deberían una cuenta enorme por los pecados, Cristo, en su muerte pagó la deuda por completo. Ya no deben absolutamente nada, pues Cristo lo ha pagado todo… ¡Borrón y cuenta nueva! Como bien lo expresa Pablo en su carta a los Colosenses:

«Ustedes estaban muertos a causa de sus pecados y porque aún no les habían quitado la naturaleza pecaminosa. Entonces Dios les dio vida con Cristo al perdonar todos nuestros pecados. Él anuló el acta con los cargos que había contra nosotros y la eliminó clavándola en la cruz» (Colosenses. 2:13-14 NTV).

(Espere la tercera y última entrada de este blog: El amor de Cristo nos obliga (Tercera parte).