Ester 7: 6—10

Durante todo el tiempo que estuvo construyendo la horca, Amán podía ver, lo esperaba con entusiasmo, a Mardoqueo colgado allí. Pero ahora él está condenado a morir allí mismo. Los teólogos llaman a esto soberanía. ¡Yo la llamo la maravillosa soberanía de Dios!

Puedo recordar un tiempo, a comienzos de mis estudios para el ministerio, en el que la soberanía de Dios me asustaba. Por no comprender sus implicaciones tan claramente como ahora 30 años más tarde, sentía que eso podía hacerme pasivo y prácticamente irresponsable. Además, sentía lo que eso podría hacer a mí teología de la evangelización. Si en realidad me entregaba a esta doctrina de la soberanía divina, Dios podía convertirse en una deidad lejana, una suerte de bárbaro celestial, atropellando y manipulando a una humanidad insignificante, haciendo lo que le viniera en gana para lograr lo que él quisiera. Por tanto, podía ver cómo mi celo decaería, y mi pasión por alma se disiparía hasta el punto de la indiferencia.

Pero a través de una serie de experiencias demasiado numerosas y difíciles de explicar, he llegado a entender que, en vez de tenerle miedo a la soberanía de Dios, me siento tranquilo por ella. Puesto que solo Él es Dios, y puesto que, por ser Dios «hace todas las cosas bien», y al hacerlas tiene como su propósito solamente el bien, ¿cómo no aceptarla con gozo?

¿Significa esto que puedo explicarla? No, solo rara vez, cuando la retrospección produce comprensión. ¿Significa esto que siempre la pronostico? No, porque al igual que usted, de vez en cuando me precipito hacer juicios o a reaccionar con pánico y me pregunto por qué está el Señor tan callado, y porque deja que el mal siga su curso por tanto tiempo. Pero al echar una mirada hacia atrás, en momentos de mayor reflexión, con mis emociones bajo un mejor control (¡el control de Él!), puedo ver lo que Él estaba haciendo. Puedo ver incluso por qué se tardó, o el por qué actuó de la manera en que lo hizo. Confieso, sinceramente, que con frecuencia pienso que Dios es terriblemente lento (puedo enumerar las veces que he implorado: «¡Oh Señor, apresúrate, por favor!», y que por lo general me sorprende, aunque no debería ser así, la manera tan admirable cómo resultan las cosas, justo a tiempo.

A fin de cuentas, Dios es Dios, y Él siempre hará su voluntad cuando le plazca y para su gloria. ¿Qué puede ser mejor que eso? A pesar de todo el misterio de su espera y su acción, y de todas las cosas que hacemos bien o mal, Él todavía puede seguir siendo digno de nuestra confianza. Lo principal es que usted y yo sigamos siendo sensibles a esos momentos en los que Él finalmente rompe el silencio e interviene de repente en nuestro favor. Por lo menos algunos de nosotros nos parece repentino, pero, para Él, sucedió exactamente como Él siempre lo había dispuesto.

Adaptado del libro, Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2019 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.