Jeremías ha sido llamado «una figura de bronce disolviéndose en lágrimas». Con la franqueza de un niño, el profeta libremente revela su honesta respuesta. Él lamenta la difícil situación de Jerusalén y solloza en voz alta mientras tropieza con los escombros que hay en las calles de la ciudad ahora saqueada por la invasión babilónica. En este primer capítulo de Lamentaciones la ciudad cuenta su historia de aflicción y luego se dirige a los transeúntes suplicando consuelo. Entretejido en la tela de estos versículos hay hilos muy frágiles de significado mesiánico que no deben ser pasados por alto.
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