Nota del Pastor Carlos

Retroceder y darle espacio a Dios

1 de Noviembre, 2017

Del corazón del pastor

Salomón, el sabio, nos ha dado una lista de varios "tiempos señalados" en la tierra. He aquí algunos ejemplos: “un tiempo de sanar… un tiempo de rechazar un abrazo… un tiempo de dar algo por perdido… un tiempo para guardar silencio" (Eclesiastés 3: 3, 5, 6, 7). Al leer este consejo me doy cuenta de un concepto principal: ¡Retroceder! En muchas ocasiones, necesitamos bajar el ritmo de intensidad, no forzar las cosas y permitir que la naturaleza siga su curso. Esto provee “un tiempo” para que ocurra la sanidad.

Cuando el tiempo es el correcto, las cosas fluyen de manera natural. Forzar las cosas solo genera una fricción incómoda. Con frecuencia nos asemejamos a un niño que planta la semilla y luego ansiosamente escarba todos los días para ver si ya ha brotado. La espera es tan necesaria como la siembra y la cosecha.

Uno no puede obtener savia de un palo seco. Ni tampoco se puede arreglar una relación rota por medio de la legislación y la fuerza. Tenemos que estar en silencio y permitir que Dios haga su obra. En otras palabras, retroceda para que Dios pueda tomar el control. Esta es una píldora difícil de tragar para gente que es intensa.

Aleje la impaciencia y la obstinación que continuamente se entrometen en su vida.

Los jóvenes tienden a cometer este error cuando están cortejando a una chica. Ella necesita espacio para respirar, pero él continúa sofocándola. Nosotros podemos caer en el mismo error también con personas a las que ofendemos. Ellos necesitan tiempo para pensar y libertad para perdonar sin sentirse presionados.

Deténgase y piense. ¿Está siendo sabio o insensato? ¿Está utilizando la fuerza o está dando libertad? ¿Es usted exigente o paciente? ¿La gente se siente intimidada por su intensidad o usted tiene la posibilidad de retroceder y relajarse?

Acepte este consejo de alguien que ha comenzado a aprender esta valiosa lección. Siempre es mejor retroceder y darle espacio a Dios.

Carlos A. Zazueta

Carlos A. Zazueta

Diario de un viajero desesperado