Escogió también a David su siervo,
Lo tomó de entre los rediles de las ovejas;
Lo trajo de cuidar las ovejas con sus corderitos,
Para pastorear a Jacob, Su pueblo,
Y a Israel, Su heredad.
Y él los pastoreó según la integridad de su corazón,
Y los guió con la destreza de sus manos.

(Salmo 78:70–72, NBLA)

Dios siempre está buscando hombres y mujeres íntegros.

Nuestro mundo no necesita más líderes talentosos. Necesita más hombres y mujeres que lideren con integridad. De hecho, la integridad es un ingrediente esencial del liderazgo. Y para toda persona que ejerce algún grado de influencia, ese es el alto llamado de Dios para su vida.

La integridad lleva a una persona a ser confiable en sus palabras, limpia en su vida privada, responsable en sus finanzas, honesta en su pensamiento, confiable en su carácter, pura en su moral, justa en sus relaciones y fiel a Dios y a los demás.

Al leer esa lista con detenimiento, es fácil preguntarse: «¿De verdad alguien puede estar a la altura de un estándar tan alto?». Suena humanamente imposible. Va en contra de nuestra naturaleza caída. La integridad no consiente nuestro orgullo ni suaviza nuestras debilidades. Sin embargo, por la gracia de Dios, sí es posible. De otro modo, Él nunca lo pediría de nosotros. Y cuando pienso en un ejemplo inspirador de integridad genuina, sin barniz ni apariencia, inevitablemente viene a mi mente el profeta Daniel.

La integridad en ascenso

Al comienzo del capítulo 6 de Daniel, vemos cómo la integridad lleva a Daniel a una posición de gran honor. El rey Darío nombró 120 gobernadores para que administraran las 120 provincias de Babilonia. Sobre ellos puso a tres altos funcionarios, y Daniel era uno de ellos.

Pronto Daniel demostró ser más capaz que los otros administradores y altos funcionarios. Debido a la gran destreza administrativa de Daniel, el rey hizo planes para ponerlo frente al gobierno de todo el imperio (Daniel 6:3).

Me imagino que Daniel sobresalía por su actitud, por su manera positiva de enfrentar la vida y por su fidelidad al cumplir con sus responsabilidades. Seguramente tenía una gran habilidad para tratar con las personas, y se había ganado la reputación de ser diligente, constante y digno de confianza. Su valía no pasó desapercibida ante los ojos del rey.

Pero a medida que se difundía la noticia de la posible promoción de Daniel, también crecían la envidia y el resentimiento entre sus colegas.

Entonces los demás administradores y altos funcionarios comenzaron a buscar alguna falta en la manera en que Daniel conducía los asuntos de gobierno, pero no encontraron nada que pudieran criticar o condenar. Era fiel, siempre responsable y totalmente digno de confianza (Daniel 6:4).

Esto ocurre una y otra vez: cuando alguien sobresale, siempre habrá quienes deseen verlo caer. No permitas que ese hecho te paralice. Pero tampoco lo ignores. Hay que ser sabios y estar alertas. La envidia siempre estará presente. En el caso de Daniel, la amargura en el corazón de aquellos hombres dio paso a una conspiración. Sin embargo, no leemos nada sobre pánico en Daniel. No hubo reacción impulsiva. No hubo intento de encubrir nada. Aunque su integridad le ganó enemigos en las altas esferas del poder, también le dio una profunda seguridad interior. La integridad es como una gruesa y cálida cobija en medio de un día frío. El autor Warren Wiersbe escribe lo siguiente en su libro The Integrity Crisis (La crisis de integridad: «La gente íntegra no tiene nada que ocultar ni nada que temer». Así era Daniel.

La integridad bajo fuego

Por eso, sus enemigos «finalmente llegaron a la siguiente conclusión: “Nuestra única posibilidad de encontrar algún motivo para acusar a Daniel será en relación con las normas de su religión”» (Daniel 6:5). Entonces, por medio de la adulación, engañaron al rey Darío para que estableciera una ley por treinta días, según la cual toda persona debía orar únicamente al rey. Quien desobedeciera sería arrojado al foso de los leones. Fascinado por su propia grandeza, «el rey Darío firmó la ley» (Daniel 6:9).

Sin embargo, cuando Daniel oyó que se había firmado la ley, fue a su casa y se arrodilló como de costumbre en la habitación de la planta alta, con las ventanas abiertas que se orientaban hacia Jerusalén. Oraba tres veces al día, tal como siempre lo había hecho, dando gracias a su Dios (Daniel 6:10).

La integridad llevó a Daniel a lo más alto. La integridad también le atrajo enemigos en lo más alto. Y ahora, la integridad lo mantenía fiel en lo más alto, sin importar lo que pudiera ocurrir.

Entonces los funcionarios fueron juntos a la casa de Daniel y lo encontraron orando y pidiéndole a Dios que lo ayudara. De manera que fueron directo al rey y le recordaron el decreto. —¿No firmó usted una ley por la cual, durante los próximos treinta días, todo aquel que ore a quien sea, divino o humano —excepto a usted, su Majestad—, sea arrojado al foso de los leones? —Sí —contestó el rey—, esa decisión sigue en pie; es una ley oficial de los medos y de los persas que no puede ser revocada (Daniel 6:11-12).

Le informaron al rey que Daniel seguía orando a su Dios tres veces al día. Al oír esto, «el rey se angustió mucho y procuró encontrar un modo de salvar a Daniel, pero no pudo hacerlo» (Daniel 6:14). Finalmente, arrojaron a Daniel al foso de los leones y pusieron una gran piedra sobre la entrada, «para que nadie pudiera rescatar a Daniel» (Daniel 6:17). Pero Daniel salió ileso. Dios quitó el apetito de los leones. Y ya conocemos el resto de la historia.

Una gran meta que debemos sostener

Ya sea en el ministerio, en el hogar, en el trabajo o en cualquier otra esfera de la vida, toda persona que ocupa una posición de liderazgo hace bien en aprender integridad del ejemplo de Daniel. Ese es mi anhelo para ti. Como líder, eres un ejemplo a seguir. La gente te observa, te cita y te examina. No siempre lo harán con justicia ni con motivos puros. Pero sucederá. Por eso, decide vivir libre de pretensiones y de la hipocresía. Haz de esta cualidad una de tus metas más importantes. Preserva este ingrediente esencial en tu vida. La integridad no surge con facilidad ni aparece de manera automática. Solo se cultiva de manera intencional. Mientras procuras vivir con integridad, recuerda estas tres verdades:

  1. Rara vez recibirás de la gente lo que mereces. No lo esperes. Eso aplica tanto a la crítica como al reconocimiento, tanto a los ascensos como a las decepciones. El tiempo rara vez parece perfecto. El modo de actuar del mundo casi siempre está equivocado. Y muchas veces no será justo.
  2. Siempre recibirás de Dios lo que es mejor. No lo dudes. Pero Sus planes siempre son mejores y Sus caminos siempre son rectos, porque Cristo siempre es bueno y siempre está cerca.
  3. Tu capacidad para manejar lo que recibes de la gente y lo que recibes de Dios depende de tu caminar con Dios. Ahí es donde entra la integridad. La integridad te ayuda a manejar la alabanza. La integridad te ayuda a atravesar las pruebas. Te sostiene cuando estás en la cumbre de la montaña y también cuando caminas por la sombra del valle. La integridad es pertinente en toda situación, necesaria en toda circunstancia y recompensada en todo momento.

Permíteme hacer esta oración:

Padre nuestro, al acercarnos a la vida de Daniel, sentimos que algo se enciende cálidamente en nuestro interior. Su piedad marcó cada paso que dio, y aun así sus enemigos lo trataron como a una bestia. Las batallas del liderazgo son largas, agotadoras y difíciles. Te necesitamos en cada tramo del camino. Llénanos de integridad. Ayúdanos a ordenar bien nuestras prioridades. Guárdanos del pánico, de la desilusión y de la amargura. Abrimos delante de Ti toda nuestra vida. Vigila de cerca nuestro caminar. En el nombre de Aquel que es nuestra fuerza y nuestro modelo a seguir, Jesucristo nuestro Señor, amén.

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PASOS DE ACCIÓN

  1. Examina tu corazón delante de Dios. Toma un tiempo esta semana para preguntarte con honestidad: «¿Soy la misma persona en público y en privado?». Pídele al Señor que te muestre cualquier área de duplicidad, autoengaño o incoherencia que necesite rendirse a Él.
  2. Decide obedecer a Dios antes que agradar a las personas. Como Daniel, determina de antemano que tu fidelidad al Señor no cambiará por presión, temor o conveniencia. La integridad se fortalece cuando obedeces a Dios en lo pequeño, antes de enfrentar pruebas mayores.
  3. Cultiva una vida diaria de comunión con Dios. La integridad no se improvisa en la crisis; se forma en la intimidad con Dios. Aparta tiempo cada día para orar, dar gracias, leer Su Palabra y rendirle tu vida. Un corazón cerca de Dios será un corazón firme en medio de cualquier prueba.