Daniel 6:6
¿Qué tan vulnerable eres a las palabras que masajean tu ego?
«¡Oh rey Darío, vive para siempre!» (Daniel 6:6, NBLA). Así comenzaron los conspiradores. La adulación regia. El protocolo perfectamente cumplido. Y luego: «Todos los funcionarios del reino, prefectos y sátrapas, altos oficiales y gobernadores, han acordado que el rey promulgue un edicto» (v. 7). Date cuenta de la jugada: hicieron sentir a Darío que toda su administración estaba unida en torno a él.
La adulación es una de las trampas más antiguas y efectivas. Funciona porque toca un nervio profundo del corazón humano: la necesidad de ser admirado. «Ningún rey de aquel tiempo se habría resistido a la idea de gobernar también el ámbito religioso», observó un comentarista. Para Darío, ser objeto de adoración por treinta días era una propuesta irresistible.
Salomón advirtió: «El hombre que adula a su prójimo tiende una red ante sus pasos» (Proverbios 29:5, NBLA). Las palabras dulces no siempre son nutritivas; a veces son veneno endulzado. Quien te adula puede estar tendiéndote una trampa, y tú, ciego por la satisfacción, no la ves.
¿Qué te hace especialmente susceptible a la adulación? ¿La inseguridad? ¿La necesidad de aprobación? ¿El cansancio que te baja las defensas? El antídoto contra la adulación es la sobriedad espiritual: saberse pecador salvado por gracia, conocer las propias debilidades, descansar en la aprobación de Dios. Cuando la voz de Dios resuena fuerte en tu interior, los aplausos del mundo dejan de seducirte.
La adulación es veneno endulzado; sospecha siempre de los elogios que llegan justo cuando están a punto de pedirte algo.
Adaptado de la guía de estudio, Daniel: God’s Plan for the Future, publicado por Insight for Living. Copyright © 2002 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

