Daniel 6:9
¿Cuántas veces hemos firmado decretos por orgullo que después lamentamos?
«Por tanto, el rey Darío firmó el documento, esto es, el edicto» (Daniel 6:9, NBLA). Una pluma. Un trazo. Un sello en la cera. Y la trampa quedó cerrada. Darío firmó porque el ego le impedía ver lo que su intuición seguramente sospechaba. ¿Por qué tantos sátrapas, de pronto y sin razón aparente, querrían adorarlo a él? La pregunta debió haberle quedado pendiente. Pero el ego no hace preguntas; solo recibe halagos.
Hay algo terriblemente humano en este momento. Todos hemos firmado, en algún sentido, un edicto que no debíamos haber firmado. Un compromiso comercial impulsivo. Una palabra hiriente lanzada con prisa. Una decisión tomada porque alguien nos infló el ego. Una promesa hecha sin medir consecuencias. El daño tarda años en repararse, si es que se puede.
Santiago lo describió así: «No saben cómo será su vida mañana. Solo son un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. Más bien, debieran decir: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”» (Santiago 4:14-15, NBLA). El antídoto contra firmar decretos imprudentes es vivir con humildad temporal: reconociendo que somos vapor.
Antes de tomar tu próxima decisión grande, pregúntate: ¿estoy decidiendo desde mi ego o desde mi conexión con Dios? ¿Estoy respondiendo al halago o al llamado? ¿Voy a firmar algo que en treinta días desearé no haber firmado? El ego firma rápido. La sabiduría firma despacio.
El orgullo te hace firmar leyes que después no podrás revocar; aprende a desconfiar de las decisiones que tu ego aplaude.
Adaptado de la guía de estudio, Daniel: God’s Plan for the Future, publicado por Insight for Living. Copyright © 2002 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

