Allí estábamos, un grupo de seis. Una vela naranja ardía en el centro de nuestra mesa, dibujando sombras parpadeantes en nuestros rostros. Uno habló; cinco escuchamos. 

Cada pregunta se respondía con tanta gracia y facilidad; cada respuesta extraída de profundos pozos de sabiduría, moldeada por decisiones difíciles, alimentada por el tiempo. Y el dolor. Y los errores y maltratos. Afinada por pruebas, riesgos, desamores y fracasos. Décadas en el mismo crisol habían hecho que el consejo de este hombre fuera invaluable. 

¿Su edad? Setenta y dos. Lo había superado todo: las críticas y los deleites de un rebaño. Había sobrevivido a todas las modas y trucos de generaciones crédulas y codiciosas. Había conocido el éxtasis de ver vidas transformadas, así como la agonía de vidas arruinadas y la desgarradora monotonía de vidas que no habían cambiado. Había pagado su deuda, con las cicatrices que lo demostraban. 

Nos sentamos más de tres horas escuchando sus historias, reflexionando sobre sus principios y analizando sus conclusiones. La velada estuvo salpicada de estallidos periódicos de risas seguidas de largos periodos de charla tranquila. Mientras participaba, de repente, yo tenía veintiséis años de nuevo: un joven seminarista y pasante pastoral que vivía en tierra de nadie entre un corazón lleno de deseos y una cabeza llena de sueños. Con mucho conocimiento teológico teórico pero poca experiencia práctica, tenía respuestas a preguntas que nadie hacía y una falta de comprensión sobre las cosas que realmente importaban. Necesitaba urgentemente ser mentoreado. 

En instantáneas del pasado, me vi treinta años antes en la misma habitación con este hombre, bebiendo del mismo pozo, empapándome del mismo espíritu. Hacía treinta años, el Pastor Ray Stedman había sido mi modelo; ahora se había convertido en mi mentor.  

He descubierto que cuando las personas son jóvenes y dotadas, la tendencia más común es que se inclinen hacia la arrogancia y, a veces, hacia la vanidad. Casi sin excepción, cuando detecto la vanidad en las personas, pienso para mí mismo: no han sido mentoreadas. El mentoreo puede inhibir el desviarse. Nunca he conocido a una persona arrogante y engreída que haya sido bien mentoreada. La arrogancia no sobrevive al mentoreo. Un mentor señala puntos ciegos y te reprende cuando necesitas que te confronten sobre tu orgullo. Un mentor no se echará atrás. Un mentor lucha incansablemente por la excelencia. Un mentor se preocupa por tu carácter.  

Ese era Ray. Completamente humano y absolutamente auténtico, había emergido como un vaso de honor digno para el uso del Maestro.  

Ray no fue mi primer mentor -ni sería el último. Cuando empecé la secundaria, tartamudeaba tanto que no podía terminar una frase. ¡El último lugar donde quería estar era delante de un público! ¿Sabes qué marcó la diferencia? Un mentor llamado Dick Nieme. 

Cuando empecé a servir en el extranjero en la marina de Estados Unidos y me encontré separado a regañadientes de mi esposa recién casada, estaba centrado en mí mismo, desanimado, solo y desilusionado. Diecisiete meses después, regresé a casa transformado. . . y apasionado por el ministerio. ¿Quién marcó la diferencia? Un mentor llamado Bob Newkirk. 

Otro de mis mentores, el Dr. Howard Hendricks, enseñaba que todo cristiano necesita tener al menos tres personas en su vida.1 Si no, nos estancamos. Tú necesitas a un Pablo; esto es, a alguien que haya venido antes que tú y que te guíe. Tú necesitas a un Bernabé, alguien a tu lado que comparta tu carga. Tú necesitas a un Timoteo, alguien más allá de ti a quien estés mentoreando.  

¿Y tú? ¿Estoy escribiendo a alguien hoy que se siente pasado de su mejor momento y bastante inútil? ¿Algún nido vacío sin nadie a quien influir? Déjame asegurarte: ¡no has vivido tanto tiempo para nada! Hay una generación más joven en la familia de Dios que anhela tu tiempo. . . que necesita tu sabiduría. . . que anhela un mentor de confianza dispuesto a imprimirles la huella del carácter.  

¿Por qué digo esto con tanta convicción? Primero, es bíblico. En la última carta de Pablo a Timoteo, leemos estas palabras: Transmite lo que escuchaste de mí a líderes confiables y competentes para enseñar a otros (2 Timoteo 2:2 El Mensaje). Confiar significa literalmente entregar algo a alguien. . . para su custodia. Me gusta esa imagen. Invertimos la verdad como un fideicomiso en la vida de los demás. Tenemos un mensaje valioso que transmitimos a los demás. El apóstol Pablo confió su corazón, su alma, sus verdades, sus confrontaciones, sus ánimos, sus afirmaciones, su propia vida a Timoteo. 

Segundo, creo en el mentoreo porque soy el producto de haber tenido mentores. Estos hombres que he mencionado, así como algunos más, marcaron una gran diferencia en mi vida. Ellos vieron potencial donde yo no. Me animaron a convertirme en alguien más de quien yo era. Me reprendieron y corrigieron. Señalaron mis puntos ciegos. Modelaron lo que yo anhelaba llegar a ser. Me hicieron querer ser yo mismo un mentor.  

Nunca olvidaré aquella noche con Ray Stedman, hace ya más de treinta años. Al despedirme de Ray esa noche, caminé un poco más despacio. Pensé en las cosas que me había enseñado sin darme instrucciones directas, en el valor que me había dado sin exhortarme deliberadamente. Y mientras estaba allí solo en el frío aire nocturno, de repente me di cuenta de lo que quería ser cuando creciera… un mentor perdurable. 

Este artículo fue adaptado por el personal de Insight for Living  de la trascripción original del artículo de Charles R. Swindoll’s titulado, «El valor perdurable de un mentor». Copyright © 2013 por Charles R. Swindoll, Inc. Todos los derechos reservados mundialmente. 

Tres distintivos del mentoreo transformacional 

A la luz del modelo de Pablo como mentor, el mentoreo transformacional consiste en una relación enfocada en guiar al aprendiz a ver la persona que Dios le llamó a ser y a tomar la iniciativa de crecer según esa visión. En otras palabras, la meta es que el mentoreado se parezca más a Cristo, no al mentor. He aquí tres distintivos que cultivar cuando seas un mentor para otros. 

Se trata de compañerismo, más que solo aconsejar 

Primero, el mentoreo es ante todo una relación intencional, que ocurre dentro y fuera de la vista del público. Por lo tanto, el asunto clave es mucho más que el contenido que viertes en la mente del discípulo. Más bien, mentorear es verter tu vida en otras personas y ayudarles a alcanzar su potencial2 (Maxwell y Dornan, 1997, p. 8).  

Fomenta el autoliderazgo 

Los aprendices son quienes dan vitalidad a la relación a partir de la responsabilidad que asumen por su desarrollo personal. Por eso mismo, el éxito del mentoreo depende mucho de la energía y el apropiarse de la relación por parte del aprendiz3 (Bolsinger, 2020, p. 115). Como mentor, entonces, asegúrate de que el aprendiz tome la iniciativa en su desarrollo. Al exigirle que sea el protagonista de su desarrollo, estás cultivando la disciplina necesaria para seguir creciendo cuando tú no estés presente. 

Enfoca el crecimiento en las necesidades del aprendiz  

El contenido del mentoreo se define a partir del conocimiento, las actitudes y las habilidades que el mentoreado necesita internalizar para su crecimiento integral. Tal y como el apóstol Pablo lo hizo con Timoteo, Tito, Epafras, Priscila y Aquila, Silas, Epafrodito, Filemón y muchos más. Él mentoreó a cada uno de sus discípulos enfocado en sus necesidades y circunstancias personales.