Daniel 6:17

¿Qué haces cuando tu situación parece definitivamente cerrada?

Hay un detalle en esta historia que estremece: «Trajeron una piedra y la pusieron sobre la boca del foso» (Daniel 6:17, NBLA). Con ese golpe seco de roca contra roca, se apagó la última luz. Desde adentro, la situación de Daniel quedó, en términos humanos, cerrada. Sin salida. Sin apelación. Sin plan B.

Todos conocemos el sonido de esa piedra. Es el teléfono que trae el diagnóstico médico temido. La carta de despido laboral. La puerta que un hijo cierra al irse de la casa. El silencio después de la última conversación con alguien que decidió romper una relación. Momentos en los que la vida coloca una piedra sobre nuestras esperanzas y escuchamos ese ruido sordo de lo irreversible.

Pero nota algo que Daniel aprendería esa misma noche: la piedra que cierra el paso a los hombres no le cierra el paso a Dios. Los que sellaron el foso podían impedir que alguien entrara a rescatar a Daniel. Lo que no podían impedir es que Alguien ya estuviera adentro con él. El ángel de Dios no necesitó que le quitaran la piedra; las barreras que son infranqueables para nosotros son irrelevantes para Él.

Los arqueólogos describen aquellos fosos como cavernas subterráneas con una abertura superior. Los hombres sellaron la entrada lateral, pero el foso quedó abierto hacia arriba. Qué imagen tan elocuente: pueden cerrarte todas las puertas horizontales, las humanas, y aun así queda abierta la vertical. Nadie puede sellar el cielo sobre tu vida.

Tu situación puede estar cerrada ante los hombres. No está cerrada ante Dios. La oración sube por donde las piedras no alcanzan a cubrir, y la gracia baja por el mismo camino.

Los hombres pueden sellar todas las salidas, pero ninguna piedra ha podido jamás cerrarle el cielo a un hijo de Dios.

Adaptado de la guía de estudio, Daniel: God’s Plan for the Future, publicada por Insight for Living. Copyright © 2002 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.