La mayoría puede detectar a un hipócrita religioso a kilómetros de distancia. ¡Pocos olores huelen peor! Pero la dulce fragancia de la autenticidad. . . no hay nada igual.

Después de entrar en la Marina de Estados Unidos, me enviaron a la isla de Okinawa, a más de 12,000 kilómetros desde mi casa. Cuando recibí las órdenes, pensé que Dios había cometido un error.

Allí conocí a un hombre llamado Bob Newkirk que representaba a Los Navegantes. Se convirtió en mi mentor.

Una tarde lluviosa fui a su alojamiento, donde su esposa Norma me dijo que había bajado a su oficina un rato. Me dirigí hacia allí y caminé por algunos charcos de barro hasta llegar a su cabaña de bambú. Unas pequeñas grietas entre los tallos me permitieron asomarme. Había una vela encendida y pude ver a Bob. La verdad, pude oírlo porque estaba cantando:

Fuente de la vida eterna
Y de toda bendición,
Ensalzar tu gracia tierna
Debe cada corazón.

Me quedé quieto y en silencio. La lluvia goteaba de mi nariz. Entonces escuché:

Tu piedad inagotable, abundante en perdonar;
Único ser adorable, gloria a ti debemos dar.

Allí tuve el privilegio de presenciar a Bob en su momento íntimo de adoración; aunque él nunca supo que yo estaba fuera de su oficina. Ver su genuina devoción a Dios transformó mi perspectiva sobre él. Vi un corazón que él jamás había mostrado ni alardeado.

Esa noche Bob me demostró que no era un farsante. Era el tipo de hombre que yo quería ser. El mismo en privado que en público. Auténtico hasta la médula, sin tener nada que ocultar ante Dios y ninguna razón para actuar ante los demás. Me cambió para siempre.

¡Cuidado!

Lo que vi en Bob es precisamente lo que la actuación religiosa no puede producir. Espiritualidad falsa. Falsedad religiosa. Espectáculo farisaico. Simplemente no funciona. ¿Por qué? Carece de autenticidad. Te alejará de Dios. La falsedad repele a la gente. ¡Es repugnante! Jesús la percibió en la hipocresía de los fanáticos religiosos de su época, y por eso advirtió a sus seguidores:

¡Tengan cuidado! No hagan sus buenas acciones en público para que los demás los admiren, porque perderán la recompensa de su Padre, que está en el cielo. 2 Cuando le des a alguien que pasa necesidad, no hagas lo que hacen los hipócritas que tocan la trompeta en las sinagogas y en las calles para llamar la atención a sus actos de caridad…

Cuando ores, no hagas como los hipócritas a quienes les encanta orar en público, en las esquinas de las calles y en las sinagogas donde todos pueden verlos. Les digo la verdad, no recibirán otra recompensa más que esa…

Cuando ayunes, que no sea evidente, porque así hacen los hipócritas; pues tratan de tener una apariencia miserable y andan desarreglados para que la gente los admire por sus ayunos. Les digo la verdad, no recibirán otra recompensa más que esa. (Mateo 6:1–2, 5, 16 NTV)

Jesús ordenó: ¡Tengan cuidado!, porque el impulso de exhibirse está presente en cada uno de nosotros. Anhela manifestarse. Hay fuerza en las palabras griegas de Mateo. Jesús decía: Esfuércense, Tengan cuidado, Presten atención. Él nos dice: Cuiden sus motivos. Cuiden su corazón. Fingir piedad es una tentación contra la que los cristianos deben protegerse con vigilancia.

Hacer el bien, donar, orar y ayunar son áreas fundamentales en la vida cristiana donde la hipocresía se filtra y estropea. No lo permitas.

La vida auténtica

En tres ocasiones, Jesús se refiere a una recompensa. Si actuamos para ser vistos, ¿cuál es la recompensa? Un pulgar arriba, un aplauso y una palmada en la espalda. Eso es todo lo que obtenemos. Sin embargo, si hacemos lo correcto y nadie lo nota. . . Dios lo hará. Su recompensa será profunda, significativa y eterna.

Mientras recorres este camino hacia una vida auténtica, quiero ofrecerte tres advertencias basadas en las palabras de Jesús antes citadas.

Primero, cuando tu devoción se convierte en una actuación, caes en la hipocresía. Si notas que ese motivo errante surge en ti, confiésalo a Dios. Déjalo atrás. No te servirá de nada.

Segundo, cuando tu generosidad carece de privacidad, pierdes la recompensa de una satisfacción profunda. Hay una enorme sensación de placer divino cuando participas supliendo para los demás y sabes que Dios te ha usado como una bendición.

En tercer lugar, cuando oras para impresionar a los demás, no logras acceder al poder de Dios. El poder genuino es tuyo a través de la oración. Pero lo pierdes cuando te enfocas en la audiencia humana y no en el trono celestial.

¡Las recompensas de la autenticidad bien valen la pena! Si perseveras lo suficiente, tu vida hará algo más que impresionar. Inspirará, tal como la de Bob me inspiró a mí. El dulce aroma de la autenticidad perdura toda la vida.

Tres hábitos que nutren el ser auténtico

Construir tu identidad en la gracia, no en el desempeño

Muchos cristianos, sean líderes o no, caen en el legalismo o la hipocresía por un miedo profundo al rechazo. Recuerda diariamente que tu valor fue pagado en la cruz por el amor inagotable e incondicional de Jesucristo. La Biblia afirma: Dios los salvó por su gracia cuando creyeron […] La salvación no es un premio por las cosas buenas que hayamos hecho, así que ninguno de nosotros puede jactarse de ser salvo (Efesios 2:8-9 NTV). Dios te ha justificado y aceptado por gracia, no por tus obras. Cuando comprendes que eres profundamente amado a pesar de tus imperfecciones, dejas de actuar para impresionar. Tu obediencia brotará de la gratitud genuina y no del temor. Naciste de nuevo por la gracia de Dios, crece por la gracia del Señor.

Integrar tu vida privada con la pública

Examina con rigor tu comportamiento cuando nadie te está observando y deja que el Espíritu de Dios te indique lo que en tu corazón ofende al Señor (Salmos 139:23-24). La autenticidad se quiebra cuando el cristiano del domingo desaparece por completo los lunes por la mañana. Vivir de forma auténtica requiere la valentía de depender diariamente del Espíritu Santo. Asegúrate de que tus hábitos privados, tus conversaciones cotidianas y tu uso de las redes sociales reflejen el señorío de Cristo. Nutre la integridad buscando siempre la aprobación del Padre antes que tu propia gratificación y los aplausos del mundo.

Practicar la transparencia comunitaria

Admite que la autosuficiencia es engañosa. En su lugar, Santiago nos insta a confesarnos entre hermanos nuestras debilidades, dudas y luchas reales (Santiago 5:16). La verdadera comunión y el crecimiento espiritual nacen cuando te permites ser vulnerable, destruyendo el orgullo religioso y dejando que la gracia actúe visiblemente. La vulnerabilidad y la rendición de cuentas mutuas son palancas de crecimiento y madurez.