Cómo honrar el legado de un mentor siendo quien Dios te hizo ser

Solemos imaginar que el desafío de seguir los pasos de un gigante comienza cuando este se aparta del camino. En mi caso, comenzó mientras todavía caminaba a su lado.

Por más de dos décadas he tenido el privilegio de servir al lado del pastor Charles Swindoll en Visión Para Vivir, llevando la enseñanza bíblica de este ministerio al mundo de habla hispana por radio, por escrito, desde el púlpito y en el liderazgo pastoral.

Al principio pensé que mi tarea era traducir las palabras del pastor Swindoll. Con el tiempo comprendí que el Señor me encargaba algo más profundo: traducir una manera de manejar las Escrituras con reverencia, de tratar a las personas con dignidad y de dirigir con verdad y gracia.

Esa es la diferencia entre repetir el trabajo de alguien y llevar adelante un legado que Dios entregó.

Dios no hace clones

El pastor Swindoll ha explicado este desafío a partir de la relación entre Moisés y Josué. Josué caminó junto a su mentor, aprendió de él y vio a Dios obrar por medio de él; pero nunca fue llamado a ser una réplica suya. «Dios no se dedica a hacer clones», escribe en su librito Cómo seguir los pasos de un gigante: continuando el legado de tu mentor. Josué no tenía que ser «Moisés segundo», sino el líder que Dios había preparado que fuera.

Seguir al pastor Swindoll con fidelidad no significa reproducir su voz, imitar su sentido del humor ni pedirle prestada su personalidad. Significa abrazar las convicciones que sostienen todo lo demás: abrir la Biblia con reverencia, explicarla con claridad, aplicarla con valentía y ofrecerla con compasión. Y significa, además, hacerlo siendo yo mismo.

Autenticidad hasta las entrañas

La palabra «autenticidad» se ha puesto de moda, pero rara vez se practica. Una académica y autora la describe como la práctica diaria de dejar de ser quien creemos que deberíamos ser para abrazar quienes realmente somos. La Biblia va todavía más hondo: la autenticidad cristiana no consiste solo en aceptarme, sino en dejar que la verdad de Dios me atraviese hasta que no quede fachada.

El pastor Swindoll resume la autenticidad en una lista de imperativos: piensa la verdad, confiesa la verdad, enfrenta la verdad, ama la verdad, busca la verdad, camina en la verdad, habla la verdad. En esa lista no hay atajos ni maquillaje.

Al final del librito, el pastor Swindoll ora pidiendo que sus hijos y nietos amen al Señor con un amor verdadero: sin falsas apariencias, sin fingimientos. Después de tantos años cerca de él, puedo decir que esa oración describe su vida: lo que se escucha en el micrófono es lo mismo que se ve en el pasillo.

Allí está la prueba más difícil del liderazgo espiritual. Un ministerio puede sobrevivir a la falta de talento; pero no sobrevive a la falta de sinceridad.

La voz que Dios te dio

De este gigante he aprendido que la autoridad del mensajero no viene del tamaño de la plataforma, sino de su fidelidad a la Palabra de Dios. Las plataformas cambian. Las audiencias cambian. Los idiomas y las culturas cambian. Pero la Palabra de Dios permanece.

Esa convicción ha formado mi manera de predicar y de traducir. Traducir con fidelidad no es cambiar palabras inglesas por palabras españolas; es trabajo pastoral: cruzar un río cultural sin dejar que la verdad se caiga al agua.

También aprendí que la gracia no es un adorno del ministerio; es el aire que el ministerio respira. La gracia dice la verdad sin disfrutar la herida y deja espacio para que la gente luche, crezca, se arrepienta y vuelva a comenzar.

Y aprendí la lección que más libertad me ha dado: conoce quién eres, acepta quién eres y llega a ser quien Dios te llamó a ser. No necesito ser un predicador estadounidense hablando español. Dios me llamó a hablar con la voz que Él me dio, a un pueblo cuyas historias y heridas conozco.

El evangelio no pertenece a un solo acento. La gracia no necesita pasaporte. La Palabra de Dios no pierde su poder al cruzar una frontera.

Un legado, no un monumento

Lo que comenzó en el estudio del pastor Swindoll y salió por un micrófono en inglés hoy llega a casas, autos, e iglesias de todo el mundo hispanohablante. No porque una personalidad se reproduzca, sino porque la verdad bíblica se multiplica.

  1. W. Tozer lo dijo mejor que nadie, y el pastor Swindoll lo cita en su librito: «Nada de Dios muere cuando muere un hombre de Dios». Un legado no es un monumento; es una semilla plantada en la vida de otros. Crece en otra tierra, da fruto en otra temporada, habla otro idioma. . . y recibe su vida del mismo Dios.

Por eso mi llamado no es preservar una personalidad, sino continuar una misión. No soy el pastor Charles Swindoll, ni debo intentar serlo. Pero puedo abrir las mismas Escrituras, proclamar al mismo Cristo, depender del mismo Espíritu Santo y hacer espacio para que otra generación siga adelante.

Así que sigo caminando. Sigo estudiando. Sigo traduciendo. Sigo predicando. Y mientras lo hago, llevo algo conmigo: no una marca, ni un eco, ni un pedestal, sino un testimonio vivo de que la gracia sigue enseñando, la verdad sigue transformando y la fidelidad sigue multiplicándose.

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PASOS DE ACCIÓN

Tres pasos para seguir a tu gigante sin dejar de ser tú mismo

  1. Distingue la convicción de la copia. Escribe el nombre de la persona que Dios usó para formarte. Luego anota tres convicciones que quieres conservar y una imitación que necesitas soltar: un gesto, una frase, un estilo que en realidad nunca fue tuyo. Honra el fondo y suelta la forma.
  2. Practica la verdad hasta las entrañas. Identifica un lugar donde estás fingiendo —en el trabajo, en la iglesia, en casa o en tus redes sociales— y dile la verdad a Dios en oración esta semana. Si alguien resultó afectado, dile la verdad también. La autenticidad comienza en el lugar más incómodo, no en el más visible.
  3. Sé gigante para alguien más. Elige a una persona más joven que tú —un hijo, un nieto, un alumno, alguien nuevo en tu equipo— e invítala este mes a una conversación intencional. No un partido ni una película; una conversación. Cuéntale lo que Dios te ha enseñado y lo que te costó aprenderlo.

Nadie más puede entregarle a esa persona lo que Dios depositó en ti.