Jesús siempre hace lo impredecible para lograr lo increíble. A través de dos escenas en Marcos, descubrimos a un Rey que se detiene ante un mendigo ciego para sanar su oscuridad interior, y que entra a Jerusalén no en un caballo de guerra, sino en un burrito — cumpliendo una profecía de 500 años. Su humildad no fue debilidad; fue su mayor declaración. Este mensaje nos invita a reconocer nuestra propia ceguera interior y clamar: “¡Ten compasión de mí!”