Cuando Dios toca lo que creemos seguro

Daniel 4 no es solo la historia de un rey orgulloso; es un espejo. Nos confronta con una verdad incómoda: muchas veces no negamos a Dios con palabras, sino con autosuficiencia. Decimos que Él reina, pero vivimos como si todo dependiera de nosotros. Nabucodonosor no fue corregido de inmediato. Dios le habló, le advirtió y … Lea más

Cerrar el mes recordando quién es el Rey

Quizá hoy sea buen día para una oración sencilla, pero decisiva: «Señor, Tú eres el Rey, yo no. Si hay algo en mi vida que se ha vuelto trono falso, muéstralo y derríbalo. No quiero que tengas que talar el árbol entero; enséñame a arrepentirme antes».

Vivir ligero de gloria

Pídele al Señor que te enseñe a disfrutar los elogios sin idolatrarlos y a soportar el anonimato sin amargarte. Así, poco a poco, vivirás con menos peso sobre los hombros y más libertad en el alma.

Cuando el éxito ya no te define

El evangelio te ofrece algo más sólido: ser hijo de Dios en Cristo. Eso no cambia cuando cambian los roles. Puedes llorar pérdidas, por supuesto, pero ya no pierdes el piso por completo, porque tu centro está en un lugar que no se tambalea.

La verdadera grandeza

Cuando asimilas esto, te liberas de la obsesión por «ser alguien». Dejas de correr tras una grandeza prestada y empiezas a buscar la que realmente importa: oír un día la voz del Rey diciendo: «Bien, buen siervo y fiel».

Contar la historia a la siguiente generación

Anímate a decirles: «Yo también fui duro, también me creí mucho, también Dios me tuvo que quebrantar… y aquí estoy, de pie, solo por Su gracia». Esa honestidad puede abrir más puertas que mil sermones teóricos.

Cederle el micrófono a Dios

Eso no significa exhibirte sin sabiduría, pero sí estar dispuesto a decir: «Aquí fallé», «aquí Dios me humilló», «aquí me equivoqué y Su gracia me alcanzó». En una cultura obsesionada con la imagen, contar así la historia es un acto contracultural y profundamente liberador.

Humildad práctica: justicia y misericordia

Tal vez no eres rey, pero tienes cierto poder: un cargo, un sueldo, una voz, una educación, un pasaporte. ¿Cómo estás usando ese «árbol» a favor de los que viven a la sombra? ¿Tus decisiones facilitan la vida de otros o solo la tuya?

Reaprender el lenguaje de la alabanza

Te hará bien, de vez en cuando, escribir tu propio «Daniel 4»: una página donde narres cómo Dios te humilló, te buscó, te restauró. Y luego, desde ahí, alzar tu voz en alabanza. No por inercia, sino por memoria.

Dios en los márgenes de tu salud emocional

Si hoy te sientes en el borde emocional, no concluyas demasiado rápido que Dios se fue. Clama desde ahí: «Señor, no entiendo lo que pasa en mi mente, pero confío en que sigues siendo el Altísimo incluso sobre esta área de mi vida».