Daniel 6:20
Si alguien tuviera que definirte en una frase, ¿qué diría?
Detente en la manera en que Darío llama a Daniel al amanecer: «Daniel, siervo del Dios viviente» (Daniel 6:20, NBLA). En todo el imperio, Daniel tenía títulos de sobra: presidente de gobernadores, funcionario supremo, veterano de tres dinastías. Darío no usó ninguno. En el momento de la verdad, resumió a Daniel con el único título que importaba: siervo del Dios viviente.
Piensa en lo que revela esa frase. Primero, sobre Daniel: su identidad más visible no era su cargo sino su fe. Después de toda una vida en la política babilónica, lo que la gente veía al mirarlo no era al político, sino al hombre de Dios. Cuántos logran lo contrario: décadas en la iglesia y en el trabajo los conocen solo por su cargo.
Segundo, revela algo sobre Dios: viviente. Un pagano criado entre estatuas de piedra y oro había captado la diferencia esencial. Los dioses de Babilonia había que cargarlos en procesiones; el Dios de Daniel cargaba a Daniel. Los ídolos «tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven» (Salmos 115:5, NBLA). El Dios viviente habla, ve, escucha… y cierra bocas de leones.
Nuestro mundo también tiene sus ídolos sin vida: el dinero que no puede consolarte en el duelo, el prestigio que no baja contigo al quirófano, los ídolos de pantalla que no escuchan oraciones. Servir a lo que no vive es la inversión más triste que existe.
Un día, alguien te resumirá en una frase. En un pasillo, en un funeral, en una sobremesa. ¿Qué dirán? Que fuiste eficiente, simpático, trabajador… ¿o que fuiste siervo del Dios viviente? Vive de tal manera que la frase se escriba sola.
De todos los títulos que puedas acumular, solo uno vale para siempre: siervo del Dios viviente.
Adaptado de la guía de estudio, Daniel: God’s Plan for the Future, publicada por Insight for Living. Copyright © 2002 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

