Daniel 5:19
¿Crees que Dios sigue cerca aun cuando tu mente o tus emociones están en caos?
¿De dónde viene realmente tu autoridad?
«Y por la grandeza que Él le dio, todos los pueblos, naciones y lenguas temblaban y temían delante de él; a quien quería, mataba, y a quien quería, dejaba con vida; engrandecía a quien quería, y a quien quería humillaba» (Daniel 5:19, NBLA).
Daniel describe el poder absoluto de Nabucodonosor, pero con un detalle crucial: «el Dios Altísimo concedió» ese poder. Nabucodonosor no lo tomó; le fue dado. No lo ganó; lo recibió. Toda su grandeza era derivada, delegada, prestada.
Confrontando directamente la condescendencia de Belsasar en el versículo 13, Daniel le recuerda al rey que todo el poder que Nabucodonosor tuvo —incluso para llevar al pueblo de Dios al cautiverio— vino de Dios. El conquistador era en realidad un instrumento.
Esta verdad debería transformar cómo vemos nuestra propia autoridad. El jefe que puede contratar y despedir, el padre que guía a su familia, el pastor que lidera su congregación, el político que gobierna su nación: todo poder legítimo viene de arriba.
Jesús le dijo a Pilato: «Ninguna autoridad tendrías sobre Mí si no se te hubiera dado de arriba» (Juan 19:11, NBLA). Si eso era cierto del poder que crucificó al Hijo de Dios, ¿cuánto más de cualquier autoridad que nosotros tengamos?
Reconocer la fuente de nuestro poder nos libera de la arrogancia y nos carga de responsabilidad. No somos dueños; somos mayordomos. No somos propietarios; somos administradores.
Todo poder es prestado; úsalo con la humildad de quien sabe que tendrá que rendir cuentas.
Hay una razón por la que Dios nos dio tanta historia en la Biblia. No es para entretenernos con relatos antiguos, sino para enseñarnos a vivir en el presente. «Estas cosas les sucedieron como ejemplo, y fueron escritas como enseñanza para nosotros» (1 Corintios 10:11, NBLA).

