Cuando consideras pecar, considera también a los que pagarán el precio contigo. ¿Qué dirá tu hijo cuando descubra tu adulterio? ¿Qué hará tu cónyuge cuando descubra tu fraude? ¿Qué pasará con tu iglesia cuando se conozca tu hipocresía? Tu pecado no te pertenece solo a ti; pertenece a todos los que cargarán sus consecuencias. Esa es razón suficiente para huir de él hoy.
Vida Cristiana
Cuando la trampa devora al cazador
Salomón lo expresó con sabiduría: «El que cava un foso caerá en él, y el que rueda una piedra, sobre él volverá» (Proverbios 26:27, NBLA). No es magia ni superstición. Es justicia divina. Hay un orden moral en el universo creado por Dios, y aunque a veces parece que la maldad triunfa por temporadas, al final el justo es vindicado.
Porque confió en su Dios
En la teología bíblica, la fe nunca es solo creer mentalmente que Dios existe. Es apoyarse en Él con todo el peso de tu vida. Es como cuando te sientas en una silla: no solo crees que la silla puede sostenerte; pones tu peso sobre ella. La fe que salva es la fe que descansa.
Ni un rasguño
Pablo lo dijo así: «Estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:38-39, NBLA). El foso puede tener garras. Pero no tiene poder para separarte de Dios. Y al final, lo que importa es que llegues a Su presencia con tu alma intacta.
Inocente delante de Dios y los hombres
Hay momentos cuando la fidelidad a Dios requiere desobediencia a las autoridades humanas. No por rebeldía ni por ambición personal, sino porque hay leyes injustas. Daniel no organizó una rebelión contra Darío. Solo siguió orando como había orado siempre. Su «desobediencia civil» fue silenciosa, abierta, no violenta. Y dejó las consecuencias en manos de Dios. Esa es la postura cristiana en medio de demandas injustas: no obedecer, no luchar, y confiar.
El ángel que cerró las bocas
¿Qué bocas necesita Dios cerrar en tu vida? ¿La boca del temor que ruge en tu mente cada noche? ¿La boca de la acusación que te recuerda fallos del pasado? ¿La boca del cuestionamiento que te pregunta si todavía vale la pena seguir? Hay un Ángel —el Ángel con mayúscula— que sabe cómo silenciar bocas que parecen indómitas. Daniel salió del foso porque ese Ángel estuvo allí toda la noche. Tú no estás solo en tu foso tampoco.
La voz que rompió el silencio
¿Cómo respondes después de las pruebas? Si tu primera reacción es buscar a quién culpar, revelarás amargura. Si tu primera reacción es lanzar un sermón, revelarás orgullo. Si tu primera reacción es honrar a quienes te rodean —incluso a los que te lastimaron— revelarás madurez. Daniel no salió del foso para vengarse. Salió para seguir sirviendo. Esa es la diferencia entre el creyente que ha aprendido del sufrimiento y el que solo lo ha sobrevivido.
La pregunta que solo Dios responde
Quizá tú también estás esta mañana ante un foso, gritando con voz angustiada: «¿puede Dios?». ¿Puede Él restaurar este matrimonio? ¿Puede Él sanar este cuerpo? ¿Puede Él reconciliar esta familia? ¿Puede Él hacer algo con este desastre que yo mismo he causado? La respuesta de la Escritura es siempre la misma: «Para Dios todo es posible» (Mateo 19:26, NBLA). No siempre Él hace lo que esperamos como esperamos. Pero siempre puede. Y siempre actúa, en Su tiempo y de Su manera, a favor de los suyos.
El amanecer de la angustia
Si estás en una de esas noches espirituales, donde la incertidumbre te tortura y la respuesta de Dios parece tardar, recuerda que el amanecer siempre llega. Las noches duran una noche. Y aunque la respuesta del amanecer no siempre es la que esperabas, siempre es mejor que el silencio de la noche. Como dijo el salmista: «Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría» (Salmo 30:5, NBLA). Espera. Espera. La luz viene.
Daniel descansaba mientras Darío se atormentaba
Hay un peligro espiritual al que pocos prestamos atención: la falsa seguridad de las circunstancias favorables. Mientras todo va bien, creemos descansar, pero en realidad solo descansamos en nuestras circunstancias. Cuando estas se rompen, también se rompe nuestro descanso. La fe verdadera puede dormir junto a un león. La falsa fe necesita un palacio. ¿Cuál es la tuya?

