Daniel 6:22
¿Cuántas veces te habrá protegido Dios sin que te dieras cuenta?
Cuando el rey pregunta cómo es posible que siga vivo, Daniel lo explica con sencillez: «Mi Dios envió Su ángel, que cerró la boca de los leones, y no me han hecho daño alguno» (Daniel 6:22, NBLA). Sin dramatismo, sin adornos. Como quien describe algo que, conociendo a su Dios, era casi de esperarse.
Nota primero esas dos palabras iniciales: mi Dios. No «el Dios de mis padres» ni «el Dios del templo que ya no existe». Mi Dios. Toda la teología de Daniel cabía en un pronombre posesivo. Y ese Dios personal no está lejos: envía. Actúa. Interviene. El Dios de la Biblia no es un relojero que dio cuerda al universo y se desentendió; es un Padre que despacha ángeles a fosos oscuros por amor a un anciano que ora.
Las Escrituras corren apenas un poco el velo sobre este ministerio invisible: «¿No son todos ellos espíritus ministradores, enviados para servir por causa de los que heredarán la salvación?» (Hebreos 1:14, NBLA). «El ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen, y los rescata» (Salmos 34:7, NBLA). Hay más actividad a tu favor en el mundo invisible de la que tus ojos registrarán jamás.
Piensa en esto: Daniel vio al ángel porque el peligro era visible. Pero ¿cuántos rescates no vemos? El accidente que no ocurrió, la tentación que se desvió, la decisión que evitó una ruina que nunca conoceremos. Llegaremos a la eternidad y descubriremos que fuimos guardados mil veces sin enterarnos.
Hoy no camines como huérfano en un universo indiferente. El Dios que envió Su ángel al foso sigue enviando. Su cuidado no depende de que lo percibas.
Entre tú y el peligro hay más protección de Dios de la que tus ojos verán jamás de este lado del cielo.
Adaptado de la guía de estudio, Daniel: God’s Plan for the Future, publicada por Insight for Living. Copyright © 2002 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

