Daniel 6
¿Qué harías si tuvieras poder para devolverles el golpe a quienes te dañaron?
Hay un silencio en este capítulo que grita. Daniel sale del foso vivo, vindicado, con el favor total del rey. En ese momento tenía en sus manos un poder inmenso: una sola palabra suya, una insinuación siquiera, y sus conspiradores habrían caído en desgracia. Y Daniel… no dice nada. No pide venganza. No presenta lista de agravios. Ni siquiera un «te lo dije» dirigido a sus enemigos.
Esta es la prueba final de su inocencia: ni en el foso ni al salir de él hay registro de una sola oración de Daniel pidiendo represalias. Su conciencia estaba tan limpia delante de Dios que no había lugar para la amargura. Los hombres heridos acumulan cuentas por cobrar; Daniel no coleccionaba ninguna.
Seamos sinceros: la venganza es una de las tentaciones más dulces al paladar. Cuando alguien nos daña, y más si el daño fue injusto, algo dentro de nosotros empieza a redactar el desquite: la respuesta cortante, el comentario que lo exponga, la maniobra silenciosa para que «le llegue su hora». A veces ni actuamos; solo rumiamos, y la rumia envenena.
La Palabra señala otro camino: «Nunca tomen venganza, amados míos, sino den lugar a la ira de Dios, porque escrito está: “Mía es la venganza, Yo pagaré”, dice el Señor» (Romanos 12:19, NBLA). Nota la lógica: no se trata de fingir que no hubo injusticia, sino de transferir el caso a un Juez perfecto. Perdonar no es declarar inocente al culpable; es entregarle el expediente a Dios.
Daniel salió del foso y simplemente se apartó del camino. Y Dios se encargó del resto.
Perdonar es sacar las manos del caso y entregarle el expediente completo al único Juez que juzga con justicia.
Adaptado de la guía de estudio, Daniel: God’s Plan for the Future, publicada por Insight for Living. Copyright © 2002 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

