Daniel 6:26

¿Está tu nombre unido al nombre de Dios en la mente de quienes te conocen?

El decreto de Darío contiene una expresión preciosa: ordena que en todo su reino los hombres teman «delante del Dios de Daniel» (Daniel 6:26, NBLA). El Dios de Daniel. En el vocabulario del imperio, el Dios altísimo quedó identificado por el nombre de su siervo. Así como la historia habla del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, aquella generación conoció al Dios verdadero como el Dios de aquel anciano fiel.

Hay algo conmovedor en que Dios permita unir Su nombre al de personas concretas. Él, que llena cielos y tierra, acepta ser presentado en sociedad por las vidas de los suyos: el Dios de Daniel, el Dios de tu abuela que oraba, el Dios de aquel médico creyente, el Dios de la maestra que te habló de Cristo. Para la mayoría de la gente, el primer contacto con Dios tiene rostro humano.

Hazte entonces la pregunta en dos direcciones. Primero: ¿Es Él verdaderamente tu Dios? No simplemente el Dios de tus padres o de tu congregación, heredado como un mueble, sino tu Dios, como lo dijo Daniel en el foso: «Mi Dios envió Su ángel» (v. 22). La fe no se transmite por apellido; cada generación debe apropiársela personalmente.

Y segundo: ¿te asocia la gente con Él? Si en tu trabajo, en tu familia o en tu vecindario alguien tuviera que completar la frase «el Dios de…», ¿aparecería tu nombre de manera natural? No por una religiosidad ostentosa, sino porque tu manera de vivir, trabajar, sufrir y esperar apunta insistentemente hacia arriba.

Que puedan decir de nosotros lo que el imperio dijo, en la práctica, de aquel exiliado: conocemos a su Dios, porque lo conocemos a él.

El mayor honor de una vida es que, al escuchar tu nombre, la gente piense inmediatamente en tu Dios.

Adaptado de la guía de estudio, Daniel: God’s Plan for the Future, publicada por Insight for Living. Copyright © 2002 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.