Por qué la muerte no tiene la última palabra
Noviembre llega con flores. En España, los cementerios se cubren de crisantemos el día de Todos los Santos. En México, el cempasúchil tiñe de naranja los altares y los panteones. En Guatemala vuelan barriletes gigantes sobre las tumbas, en Ecuador se sirven colada morada y guaguas de pan, y desde el Caribe hasta la Patagonia, las familias visitan a sus difuntos, limpian las lápidas y recuerdan.
Desde octubre, muchas tiendas exhiben calaveras, esqueletos y disfraces. En algunos contextos también encontramos imágenes de la llamada «Santa Muerte», a la que algunos le encienden velas para pedirle protección.
Las formas de recordar a nuestros seres queridos y de afrontar la muerte son diversas. Muchas expresan amor y gratitud; otras revelan preguntas y temores frente a la muerte. En medio de esas preguntas, el evangelio nos ofrece una esperanza que descansa en Jesucristo.
La Biblia no nos pide ignorar la muerte. Tampoco nos invita a decorarla. Nos muestra algo mucho más sorprendente: a Dios mismo, de pie frente a una tumba, llorando.
Jesús lloró
El Evangelio de Juan, capítulo 11, cuenta la historia. Lázaro, amigo de Jesús, ha muerto. Cuando Jesús llega a Betania, el cuerpo lleva cuatro días en el sepulcro. Marta sale a su encuentro con la frase que todos hemos pensado alguna vez frente a un ataúd: «Señor, si tan solo hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto» (Juan 11:21).
Fíjate en lo que Jesús no hace. No la regaña por su dolor. No le dice que no llore. No le ofrece una frase hecha. Y cuando ve a María llorando, el texto dice que «se conmovió profundamente» (11:33). Entonces llegamos a uno de los versículos más breves y conmovedores de la Biblia: «Entonces Jesús lloró» (Juan 11:35).
Piénsalo. El Hijo de Dios, que en unos minutos va a sacar a Lázaro de la tumba, se detiene a llorar. Sabe cómo termina la historia y, aun así, llora. Porque la muerte es un enemigo —Pablo la llama «el último enemigo» (1 Corintios 15:26)— y el dolor de los que se quedan es real.
Si este mes estás extrañando a alguien, escucha esto: tu tristeza no es falta de fe. Jesús lloró. Tú también puedes hacerlo.
Jesús es la resurrección y la vida
Antes de llorar, Jesús le había dicho a Marta: «Tu hermano resucitará» (11:23). Y Marta respondió: «Es cierto, resucitará cuando resuciten todos, en el día final» (11:24). Marta esperaba la resurrección del día final. Jesús le mostró que esa esperanza descansaba en Él.
Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá aun después de haber muerto. Todo el que vive en mí y cree en mí jamás morirá» (Juan 11:25-26). Y luego le hizo una pregunta que atraviesa los siglos y llega hasta tu casa: «¿Lo crees?».
Las fotografías, las flores, el platillo favorito y las anécdotas de siempre pueden ayudarnos a recordar con gratitud a quienes amamos. La esperanza cristiana nos permite hacerlo mirando también hacia el futuro que Cristo ha prometido. Nuestra esperanza descansa en una Persona que dijo «Yo soy la resurrección y la vida» frente a la realidad de la muerte y después gritó: «¡Lázaro, sal de ahí!» (11:43).
Lo que pasó aquel día en Betania fue solo un anticipo. Poco tiempo después, el mismo Jesús entraría en Su propia tumba. . . y la dejaría vacía.
Libres del miedo
Aquí llegamos a la raíz del asunto. ¿Por qué hay personas que le encienden velas a la muerte? ¿Por qué le piden protección precisamente a lo que más temen? La carta a los Hebreos lo explica con una claridad asombrosa. Jesús se hizo de carne y sangre, «pues solo como ser humano podía morir y solo mediante la muerte podía quebrantar el poder del diablo, quien tenía el poder sobre la muerte. Únicamente de esa manera el Hijo podía libertar a todos los que vivían esclavizados por temor a la muerte» (Hebreos 2:14-15).
Esclavizados por temor a la muerte. Esa es la condición de millones de personas, con altar o sin altar. Y el evangelio no les ofrece un pacto con la muerte, sino un Salvador que la venció. Por eso Pablo puede mirarla de frente y desafiarla: «Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón?» (1 Corintios 15:55).
El pastor Charles Swindoll lo resume en una frase: «Su victoria sobre el último de los males, la muerte, nos asegura que no hay nada tan muerto que Él no pueda revivir».
La evangelista del cementerio
El pastor Swindoll cuenta que, cuando era niño en Houston, su familia vivía frente a la casa de los Roberts, un matrimonio que se había casado ya mayor y vivía una larga luna de miel. Un infarto repentino se llevó al señor Roberts. Durante semanas, la viuda fue cada día al cementerio y pasó horas junto a la tumba: le hablaba, lloraba, buscaba algún contacto con él. Y cada tarde volvía a su casa vacía más desesperada que el día anterior. Era una mujer recta, pero no conocía a Cristo; cada vez que la mamá del pastor Swindoll había intentado hablarle del evangelio, ella no había querido escuchar.
Un día, su mamá le pidió a su hijo que orara para que el corazón de la señora Roberts se abriera. Minutos después, cruzó la calle con galletas recién horneadas y una jarra de limonada. Esa misma tarde, la señora Roberts creyó en Jesús y descubrió que, «porque Jesús resucitó de entre los muertos, la muerte no puede reclamar la victoria final».
Lo más hermoso vino después. Ella siguió visitando el cementerio. Ahora, además de recordar a su esposo, comenzó a reconocer el dolor de otras personas que lloraban junto a las tumbas de sus seres queridos. Con un pequeño Nuevo Testamento en la mano y unas cuantas palabras bien escogidas, comenzó a acompañarlas, consolarlas y compartir con ellas la esperanza de que Jesús vive. «Así fue como la señora Roberts se convirtió en la única evangelista de cementerio que he conocido», escribe el pastor Swindoll.
Me pregunto cuántas señoras Roberts caminarán este mes por los cementerios del mundo hispanohablante. Y cuántos de nosotros estaremos lo suficientemente cerca como para cruzar la calle.
Cómo recordar con esperanza
Entonces, ¿qué hacemos con noviembre? Recordar es bueno. Dar gracias a Dios por las personas que nos formaron es bueno. Si tus abuelos confiaban en Cristo, contarles a tus hijos la historia de su fe que les deja un legado valioso. Visita el cementerio si quieres; lleva flores si quieres. Cuando recordamos a alguien que murió confiando en Cristo, podemos hacerlo con la esperanza de que volveremos a estar juntos con el Señor.
Pablo no les dijo a los tesalonicenses que no lloraran. Les dijo que no se entristecieran «como los que no tienen esperanza», «pues, ya que creemos que Jesús murió y resucitó, también creemos que cuando Jesús vuelva, Dios traerá junto con él a los creyentes que hayan muerto» (1 Tesalonicenses 4:13-14). Y cerró con una instrucción sencilla: «Así que anímense unos a otros con estas palabras» (4:18).
Un día, dice Apocalipsis, Dios «les secará toda lágrima de los ojos, y no habrá más muerte ni tristeza ni llanto ni dolor» (Apocalipsis 21:4).
Hasta entonces, la muerte seguirá diciendo muchas palabras en este mundo. Las dirá en hospitales, en funerales y en cementerios llenos de flores. Pero no dirá la última. La última palabra la tiene Aquel que lloró frente a una tumba. . . y luego salió de la Suya.
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PASOS DE ACCIÓN
Tres maneras de recordar con esperanza este noviembre
- Nombra tu dolor delante de Dios. Escribe el nombre de la persona que extrañas y dile al Señor, con tus propias palabras, qué es lo que más te hace falta de él/ella. No disimules: Jesús lloró frente a la tumba de Su amigo, y «el SEÑOR está cerca de los que tienen quebrantado el corazón» (Salmo 34:18). Llorar con esperanza sigue siendo llorar. . . pero ya no es llorar solo.
- Responde la pregunta de Jesús. Lee en voz alta Juan 11:25-26 y detente en la pregunta: «¿Lo crees?». Si ya lo crees, escríbele a Dios una nota de gratitud por esa promesa. Si nunca has puesto tu confianza en el Jesús que venció la muerte, no dejes pasar este mes sin hacerlo: dile con sencillez que crees que Él murió y resucitó por ti, y cuéntaselo a alguien de tu iglesia.
- Cruza la calle. Piensa en una persona que perdió a alguien este año. Llámala, visítala o escríbele esta semana, y hazle la pregunta que casi nadie hace: «Cuéntame de él/ella. . . ¿cómo era?». Escucha sin prisa. Después comparte una sola frase de esperanza. Y en casa, cuéntales a tus hijos o nietos la historia de la fe de sus abuelos: no hay mejor manera de recordarlos.
«Anímense unos a otros con estas palabras» (1 Tesalonicenses 4:18). Noviembre es el mes perfecto para obedecer.

