Daniel 6:14

Pocas veces se ve tan claramente el contraste entre el poder humano y el poder divino como en esta noche. Considera a Darío: gobernaba un imperio de ciento veinte provincias. Su palabra era ley irrevocable. Su anillo sellaba destinos. Y sin embargo, esa noche descubrió los límites exactos de su poder: podía sellar un foso, pero no podía salvar a su amigo. Pasó el día entero «esforzándose por librarlo» (Daniel 6:14) y fracasó. Atrapado por sus propias leyes, el hombre más poderoso del mundo terminó siendo el más impotente.

Mientras tanto, sin ejércitos ni decretos, Dios hizo lo que el imperio no pudo: preservó una vida en medio de las fieras.

Vivimos rodeados de poderes que parecen absolutos: gobiernos, mercados, instituciones, jefes que deciden sobre nuestro pan, médicos que pronuncian veredictos. Es fácil vivir intimidado por ellos, o peor, depositar en ellos una confianza que solo Dios merece. Pero todo poder humano tiene fronteras. El salmista lo vio claro: «No confíen en príncipes, ni en hijo de hombre, en quien no hay salvación» (Salmos 146:3, NBLA). Y luego añade dónde sí mirar: «Bienaventurado aquel cuya ayuda es el Dios de Jacob» (v. 5).

Esto no nos hace despreciar a las autoridades; Daniel sirvió a las suyas con excelencia toda su vida. Pero nos libra de esperar de ellas lo que no pueden dar. El rey pudo acompañar a Daniel hasta el borde del foso; solo Dios pudo acompañarlo adentro.

Hay Alguien cuyo poder no termina donde empieza tu crisis. Los anillos de este mundo sellan piedras; el poderoso brazo del Señor cierra bocas de leones.

Todo poder humano llega hasta el borde del foso; solo el poder de Dios desciende contigo hasta el fondo.

Adaptado de la guía de estudio, Daniel: God’s Plan for the Future, publicada por Insight for Living. Copyright © 2002 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.