Daniel 6

¿Sabías que esta escena se repetiría siglos después, en las afueras de Jerusalén?

Una piedra sobre la abertura. Un sello oficial para que nada fuera alterado. Guardias del imperio velando lo irreversible. Un siervo de Dios, inocente y condenado por leyes torcidas, entregado a la muerte… ¿De quién estamos hablando?

Los comentaristas no han pasado por alto el paralelo. Lo que ocurrió con Daniel en Babilonia se repitió, trazo por trazo, en un sepulcro a las afueras de Jerusalén: «Fueron y aseguraron el sepulcro; y además de poner la guardia, sellaron la piedra» (Mateo 27:66, NBLA). Pilato, como Darío, cedió por presión ante hombres que conspiraban contra un inocente. Roma, como Persia, estampó su sello sobre una roca. Y el cielo, en ambos casos, se rió sutilmente de la arcilla.

Porque al amanecer, ninguno de los dos sellos sirvió de nada. Daniel salió del foso sin un rasguño. Y Jesús salió del sepulcro con vida indestructible, no porque alguien moviera la piedra para dejarlo salir, sino para dejarnos ver que Él ya no estaba allí.

Daniel fue librado de la muerte; Jesús fue librado a través de la muerte. Esa diferencia lo cambia todo para nosotros, porque nuestra mayor amenaza nunca fueron los leones: es el pecado, la tumba, la separación de Dios. Y precisamente allí, donde ningún ángel detuvo los clavos, Cristo entró voluntariamente a nuestro foso y lo venció desde adentro.

Por eso el creyente puede mirar cualquier piedra sellada, incluso la de su propia tumba futura, sin terror. La resurrección es la declaración definitiva de que ningún sello humano, ni siquiera el de la muerte, tiene la última palabra sobre los hijos de Dios.

Desde aquella mañana de la resurrección, ninguna piedra sellada volvió a ser definitiva para los que están en Cristo.

Adaptado de la guía de estudio, Daniel: God’s Plan for the Future, publicada por Insight for Living. Copyright © 2002 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.