Daniel 6

¿Por qué la integridad de otros a veces despierta enemistad en lugar de admiración?

Imagina la escena. El rey Darío, recién llegado al poder, comienza a confiar más en este anciano hebreo que en sus propios sátrapas. Planea ascenderlo sobre todos los demás. Y los demás se enteran. ¿Cuál fue su reacción? No fue admiración. No fue imitación. Fue conspiración.

Horrorizados de que un viejo exiliado, hebreo además, fuera promovido por encima de ellos, los sátrapas y comisionados se reunieron para deshacerse de su rival. La envidia es uno de los pecados más venenosos precisamente porque rara vez se reconoce a sí misma. Quien envidia no piensa: «estoy siendo envidioso». Piensa: «estoy preocupado por la justicia», «defiendo lo que es correcto», «protejo el sistema». Pero su corazón sabe lo que realmente lo motiva.

Santiago lo describió con claridad: «Donde hay celos y ambición personal, allí hay confusión y toda cosa mala» (Santiago 3:16, NBLA). La envidia produce caos porque no busca elevar al envidioso, sino derribar al envidiado. No le importa quedar abajo, mientras el otro caiga.

Esto debe enseñarnos dos cosas. Primero, no te sorprendas cuando tu integridad genere oposición en lugar de aplausos. Vivir con rectitud incomoda a quienes no la viven, y la incomodidad pronto se transforma en hostilidad. Segundo, examina tu propio corazón. Cuando otros prosperan, ¿te alegras o te amargas? La envidia escondida es una termita espiritual: silenciosa, pero capaz de derribar la casa entera. Pídele al Señor que te dé el corazón inverso al de los sátrapas: uno que celebra el éxito ajeno como si fuera propio, porque sabe que toda buena dádiva viene de arriba.

La integridad de uno expone la falta de integridad de muchos; no te sorprendas si tu fidelidad incomoda a quienes la observan.

Adaptado de la guía de estudio, Daniel: God’s Plan for the Future, publicado por Insight for Living. Copyright © 2002 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.