Daniel 6:25
¿Sabías que un rey pagano puede desearte lo que solo Dios puede darte?
El decreto de Darío comienza con un saludo que se nos puede escapar: «¡Que abunde su paz!» (Daniel 6:25, NBLA). Dirigido «a todos los pueblos, naciones y lenguas», el deseo del rey era paz abundante para un imperio inmenso y diverso. Ironía de la historia: el hombre que acababa de pasar la peor noche de su vida, sin paz alguna, ahora la desea a todos. Había visto de cerca dónde se consigue.
La palabra que resuena detrás es la gran palabra hebrea shalom: no la simple ausencia de conflictos, sino la vida entera en orden: con Dios, con los demás, con uno mismo. Esa paz no se decreta por edicto imperial; los gobiernos pueden firmar tratados, pero no pueden fabricar shalom. Se recibe de una sola fuente. Daniel la tuvo entre leones; Darío no la tuvo entre almohadas de palacio. La geografía de la paz no es un lugar: es una Persona.
Siglos después, otro Rey usaría un lenguaje parecido, pero con autoridad para cumplirlo: «La paz les dejo, Mi paz les doy; no se la doy a ustedes como el mundo la da» (Juan 14:27, NBLA). Y Pablo bendeciría a las iglesias con la fórmula que ya conoces de memoria: gracia y paz. El saludo de Darío era un anhelo; el de Cristo es una entrega.
¿Cómo anda tu provisión de paz? Si escasea, revisa dónde la estás buscando: las circunstancias son proveedores quebradizos. La paz «que sobrepasa todo entendimiento» (Filipenses 4:7) custodia los corazones que se entregan a Dios en oración, con acción de gracias, en medio de cualquier foso.
Que abunde tu paz, no la que dan las circunstancias, sino la que da el Dios de Daniel.
La paz abundante no se encuentra en palacios ni se pierde en fosos: se recibe únicamente del Dios que la posee.
Adaptado de la guía de estudio, Daniel: God’s Plan for the Future, publicada por Insight for Living. Copyright © 2002 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

