Daniel 6
¿Es posible estar libre por fuera y cautivo por dentro?
Mira las dos habitaciones de esta noche. Abajo, un foso: húmedo, oscuro, lleno de fieras. Arriba, un palacio: alfombras, guardias, todo el lujo del imperio. Si te preguntaran dónde se sufre más, la respuesta parecería obvia. Y sería equivocada.
En el foso, Daniel descansa en una paz tan profunda que a la mañana siguiente conversa con el rey con total serenidad. En el palacio, Darío no come, no acepta música ni distracción, no pega un ojo. El prisionero está libre y el rey está preso. Las paredes no deciden la paz del corazón; la decide aquello en lo que el corazón se apoya.
El mundo está lleno de palacios habitados por gente cautiva: personas con éxito, seguridad económica y agenda llena que viven encadenadas al temor, a la culpa, al «qué pasará». Y hay fosos habitados por gente libre: creyentes en hospitales, en duelos, en crisis, que desconciertan a todos con su serenidad. Pablo escribió sus cartas más gozosas desde una prisión romana, con cadenas en las muñecas: «Aprendí a contentarme cualquiera que sea mi situación» (Filipenses 4:11, NBLA).
No es una paz que se fabrica con pensamiento positivo. Es una Persona: «Él mismo es nuestra paz», dice Efesios 2:14. Daniel dormía entre leones porque llevaba décadas practicando la presencia de Dios tres veces al día, con la ventana abierta. La paz de esa noche no se improvisó en el foso; se cultivó en la rutina.
¿Dónde estás tú esta noche: en el palacio inquieto o en el foso sereno? La buena noticia es que la paz de Daniel no era un privilegio de profetas. Es la herencia de todo el que confía.
La paz no depende de dónde estás, sino de en quién descansas: hay reyes insomnes en palacios y siervos dormidos entre leones.
Adaptado de la guía de estudio, Daniel: God’s Plan for the Future, publicada por Insight for Living. Copyright © 2002 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

