Daniel 6:18
¿Qué te quita el sueño últimamente?
La escena cambia del foso al palacio: «Después el rey se fue a su palacio y pasó la noche en ayuno. Ningún entretenimiento fue traído ante él y se le fue el sueño» (Daniel 6:18, NBLA). Qué frase tan humana: se le fue el sueño. Escrita hace dos mil quinientos años, podría haberse escrito anoche.
Todos hemos vivido esa noche. La almohada se vuelve piedra, el techo se convierte en pantalla donde proyectamos nuestros temores, y el reloj avanza con crueldad: las dos, las tres, las cuatro. Pensamos en el hijo que se aleja, en el resultado del examen médico, en la deuda que crece, en la conversación que salió mal. Como Darío, repasamos mil veces lo que no podemos cambiar.
Nota la ironía del texto: el que estaba entre leones durmió mejor que el que estaba entre almohadas. Porque el insomnio de Darío no venía de su colchón sino de su impotencia: amaba a Daniel, pero no podía salvarlo, y no conocía todavía al Dios que sí podía hacerlo. La ansiedad es eso: cargar en la mente lo que no podemos cargar en las manos.
El creyente tiene otra opción, no porque sus problemas sean menores, sino porque conoce a Alguien mayor. «En paz me acostaré y así también dormiré, porque solo Tú, Señor, me haces vivir seguro» (Salmos 4:8, NBLA). David escribió eso mientras era perseguido, no estando de vacaciones. El sueño del justo no es inconsciencia del peligro; es confianza en medio del peligro.
Esta noche, cuando apagues la luz, haz el traspaso deliberadamente: nombra delante de Dios cada cosa que te desvela y déjala en Sus manos. Él, de todos modos, va a quedarse despierto: «No dormita ni duerme el que guarda a Israel» (Salmos 121:4).
No tiene sentido que los dos se queden despiertos: entrégale la noche al Dios que nunca duerme.
Adaptado de la guía de estudio, Daniel: God’s Plan for the Future, publicada por Insight for Living. Copyright © 2002 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

