El sartén, el cuchillo, los condimentos y la estufa. Estas son los utensilios básicos que un cocinero necesita para crear una comida deliciosa. ¿Qué tienen de especial estos utensilios? En realidad, nada, pero son tan necesarios que hacen que preparar una buena comida sea más fácil y rápido. Del mismo modo, las herramientas para el … Lea más
Vida Cristiana
Cuando el éxito ya no te define
El evangelio te ofrece algo más sólido: ser hijo de Dios en Cristo. Eso no cambia cuando cambian los roles. Puedes llorar pérdidas, por supuesto, pero ya no pierdes el piso por completo, porque tu centro está en un lugar que no se tambalea.
La verdadera grandeza
Cuando asimilas esto, te liberas de la obsesión por «ser alguien». Dejas de correr tras una grandeza prestada y empiezas a buscar la que realmente importa: oír un día la voz del Rey diciendo: «Bien, buen siervo y fiel».
Contar la historia a la siguiente generación
Anímate a decirles: «Yo también fui duro, también me creí mucho, también Dios me tuvo que quebrantar… y aquí estoy, de pie, solo por Su gracia». Esa honestidad puede abrir más puertas que mil sermones teóricos.
Cederle el micrófono a Dios
Eso no significa exhibirte sin sabiduría, pero sí estar dispuesto a decir: «Aquí fallé», «aquí Dios me humilló», «aquí me equivoqué y Su gracia me alcanzó». En una cultura obsesionada con la imagen, contar así la historia es un acto contracultural y profundamente liberador.
Humildad práctica: justicia y misericordia
Tal vez no eres rey, pero tienes cierto poder: un cargo, un sueldo, una voz, una educación, un pasaporte. ¿Cómo estás usando ese «árbol» a favor de los que viven a la sombra? ¿Tus decisiones facilitan la vida de otros o solo la tuya?
Reaprender el lenguaje de la alabanza
Te hará bien, de vez en cuando, escribir tu propio «Daniel 4»: una página donde narres cómo Dios te humilló, te buscó, te restauró. Y luego, desde ahí, alzar tu voz en alabanza. No por inercia, sino por memoria.
Dios en los márgenes de tu salud emocional
Si hoy te sientes en el borde emocional, no concluyas demasiado rápido que Dios se fue. Clama desde ahí: «Señor, no entiendo lo que pasa en mi mente, pero confío en que sigues siendo el Altísimo incluso sobre esta área de mi vida».
La escuela de la espera
La espera también es parte del trato de Dios contigo. A veces no contesta de inmediato, no interviene como desearías, no cierra ni abre puertas al ritmo que tú quieres. No es que se haya olvidado; está enseñando algo que solo se aprende cuando el reloj parece avanzar más lento.
Fe en el Dios que gobierna a los que gobiernan
Esto no significa ser indiferentes. Al contrario, nos libera para orar con fe, participar responsablemente, pero sin cargar el peso del mundo en nuestros hombros. Nuestra confianza última no está en Babilonia ni en ningún «imperio» moderno, sino en el Rey del cielo.

