Juan 19:28–29

La quinta expresión de Jesús desde la cruz fue «tengo sed». Mediante Sus palabras revela Su intenso sufrimiento físico. Este grito angustioso resuena mientras Cristo cuelga suspendido entre el cielo y la tierra, clavado en una cruz y sufriendo duramente por ser un hombre como nosotros. En ese grito lleno de dolor expresa una de las necesidades humanas más básicas: la necesidad de apagar nuestra sed.

En este versículo Juan nos muestra al Cristo humano cuando escribe:

«Después de esto, sabiendo Jesús que todo se había ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed». Juan 19:28

El apóstol pintó con impresionante realismo un retrato vivo de la humanidad de Cristo. Nos muestra que en Su humanidad el Hijo de Dios «sintió sed». Como parte de Su sufrimiento por nosotros, Jesús soportó los procesos biológicos que resultaron como producto de Su crucifixión. En forma sorprendente podemos notar que incluso Su sed señalaba el cumplimiento de la profecía acerca de Su muerte, y Juan notó que Jesús habló «sabiendo que todo se había ya consumado».

No era la primera vez que Jesús había sentido intensa sed y que se le ofrecía alivio. Mateo 27:34 y Marcos 15:23 señalan una ocasión anterior cuando los soldados le habían ofrecido vino para saciar Su ardiente sed. Sin embargo, esta vez fue vino fresco mezclado con mirra. La mezcla actuaba como un narcótico diseñado para aliviar el horroroso dolor. El vino fresco hacía menos nauseabunda la amarga mezcla, de modo que la víctima no la vomitara. Pero a pesar de ello, Jesús había rehusado beberla.

Poco antes de Su muerte los soldados volvieron a ofrecerle vino. Sin embargo, este fue vino agrio que había sido dejado en Su recipiente en el sitio. Sin duda el recipiente había sido puesto allí como fuente de bebida barata para los soldados de turno, y proveía algo de alivio a los condenados.

Habiendo probado la amarga bebida Jesús pronunció dos afirmaciones finales, inclinó Su maltratada cabeza, y murió. Su odisea terminó y como Salvador del mundo murió una muerte del todo humana.

Note que en este pasaje emergen tres observaciones prácticas dignas de ser analizadas.

Primero, el pasaje muestra la verdadera humanidad de Cristo. El que le había prometido agua viva a la mujer junto al pozo moría sintiendo sed. Esta es la asombrosa paradoja de la encarnación: Dios logró la redención convirtiéndose en un ser humano como los que necesitan ser redimidos.

Segundo, Jesús empezó Su ministerio con hambre y lo terminó con sed. El ministerio del Mesías estaba enmarcado en humanidad. Jesús pasó en el desierto más de un mes sin comida cuando fue tentado por Satanás. Después de salir de Su prueba en el desierto, Su cuerpo sin duda mostraba las señales de la falta de comida y la exposición a la inclemencia de los elementos. Pero eso de ninguna manera disminuyó Su deidad. Más bien, reafirmó Su humanidad. La Escritura certifica que fue «tentado en todo como nosotros, pero sin pecado».

Finalmente, el pasaje nos muestra claramente el desprendimiento del Salvador. En toda la odisea que Jesús tuvo que vivir, pensaba en las necesidades de los que lo rodeaban. Esto lo puede notar con claridad aun en Sus últimos momentos de vida pues Sus palabras desde la cruz reflejaban Su amor por los ladrones moribundos y seres queridos afligidos antes que preocupación por Sí mismo. Solo pocos momentos antes de Su muerte, Jesús pensó en Sí mismo y pidió de beber, solo para que le ofrecieran vino barato y descartado. Su actuación refleja que el Salvador verdadera y completamente se despojó a Sí mismo, «haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8).

¡Ojalá que nunca dejemos de asombrarnos de lo que ocurrió con nuestro Señor en la cruz de Cristo y mucho menos que fue nuestra indignidad lo que la hizo que la cruz existiera!

Adaptado de la guía de estudio, Las Siete Palabras. Copyright © 2020 por Charles R. Swindoll, Inc. Todos los derechos reservados mundialmente.