Lograr que el trabajo se haga exige entusiasmo.

No es esencial tener un alto cociente de inteligencia. Tampoco se necesita tener cierta edad; ni poseer un temperamento en particular. Ni siquiera se necesita tener el respaldo de la mayoría. Los libros de historia están llenos de relatos increíbles de hombres y mujeres que lograron hazañas asombrosas frente a probabilidades increíbles.

Los libros de récords también incluyen lo opuesto, por supuesto: posibilidades poderosas que no lograron su pleno potencial debido a que se perdió el “entusiasmo.”

Napoleón viene a la mente. A principios de 1812 gobernaba casi toda Europa. Había derrotado a todo ejército que se le opuso. No sólo que había provocado la renuncia del último emperador del Sacro Imperio Romano, sino que inclusive se había casado con la hija de aquel hombre. Excepto por tres «detalles» finales: Bretaña, España y Rusia, el césar francés tenía todo lo que quería. Así que ese año decidió invadir Rusia.

Habiendo reunido su ejército, Napoleón cayó sobre Rusia en un par de batallas serias. Aunque el ejército ruso hizo un último esfuerzo galante, Moscú cayó. Para octubre de 1812 Napoleón estaba sentado en Moscú, rodeado por sus tropas invencibles. Nada en el horizonte parecía imposible.

Pero algo pasó que cambió todo eso.

Aunque parece que nadie sabe cómo empezó, estalló un incendio en Moscú. Quemó gran parte de la ciudad, dejando al ejército de Napoleón sin suficiente comida, provisiones y alojamiento apropiado para el invierno.

Napoleón se vio obligado a abandonar la ciudad. Se dirigió hacia el occidente en pleno invierno ruso cruel, con las tropas del zar pisándole los talones. Todo eso demostró ser demasiado para el ejército de Napoleón, en un tiempo invencible.

En menos de dos meses de su mayor victoria, el ejército de Napoleón virtualmente había dejado de existir. Luchó por otros dos años, pero después de Moscú era un hombre derrotado. Interesantemente, la razón no fue una pérdida en el campo de batalla . . . fue la pérdida del ánimo. Brillante y visionario como lo era, no pudo mantener vivas sus tropas.

Cuando Moscú quedó en cenizas, Waterloo fue inevitable. ¿Por qué? Porque las tropas desanimadas no pueden luchar.

Hace poco, al leer el emocionante relato de Nehemías, se me hizo recordar de nuevo este principio. Usted recordará a Nehemías, el dirigente judío cuya pasión por Jerusalén le impulsó a dejar la seguridad de su casa y trabajo en Persia para dirigir la construcción de un muro protector alrededor de Sion. ¡Qué proyecto! ¡Y qué obstáculos se le interpusieron! Pero él logró que el trabajo se hiciera en tiempo récord. ¿Por qué? ¿Por qué toda persona de cerca y de lejos pensó que el proyecto del muro era una idea magnífica? ¿Acaso tuvo miles de obreros diestros a quienes les encantaba trabajar con ladrillos? Sea serio. Nehemías indicó la razón en esta entrada en su diario: “porque el pueblo tuvo ánimo para trabajar” (Nehemías 4:6).

El término hebreo que se traduce “ánimo” en este versículo, también significa corazón. Otra palabra podría ser valor. En realidad, están relacionadas.

En la edición de 1828 del Diccionario Webster (del inglés) el autor indica que la palabra valor tiene su raíz en la palabra del francés para el corazón: “El valor es la cualidad que lo capacita a uno para enfrentar con firmeza la dificultad y el peligro, sin temor o depresión.” Luego, como Webster, que también era creyente nacido de nuevo, a menudo lo hizo en esos días, concluyó su definición con una referencia bíblica: Deuteronomio 31. Ese capítulo incluye el discurso final de Moisés a los hijos de Israel, poco antes de su muerte, y Josué tomando la antorcha de liderazgo.

Tengan valor y firmeza; no tengan miedo ni se asusten cuando se enfrenten con ellas, porque el Señor su Dios está con ustedes y no los dejará ni los abandonará.”

Después llamó Moisés a Josué, y le dijo en presencia de todo Israel:

“Ten valor y firmeza, porque tú tienes que llevar esta gente al país que el Señor juró a los antepasados de ustedes que les daría, y tú serás quien los haga tomar posesión. El Señor mismo irá delante de ti, y estará contigo; no te abandonará ni te desamparará; por lo tanto, no tengas miedo ni te acobardes.” (Deuteronomio 31:6-8, VP).

A los 120 años de edad, Moisés les dice: “¡Hay que tener entusiasmo!”

No siendo pueblo de gran valentía (habían sido esclavos en Egipto por más de cuatrocientos años), Moisés sabía lo fácil que era que Josué y sus tropas se desanimen.

No estoy sugiriendo que todos debemos ser Nehemías o Josué. A veces eso será necesario. Pero he observado a través de los años que algunas de las mayores demostraciones de valentía ocurren en lugares privados. En casa al lidiar con el desplante desafiante de un hijo, o la rebelión de un adolescente, o enfrentar el propio egoísmo de uno, o en una reunión de junta cuando uno está en la minoría. A veces simplemente perseverar en algo a largo plazo, mantener la visión año tras año, es prueba imponente de un corazón valiente. Entiendo que la construcción de la abadía de Westminster llevó cientos de años, bajo la dirección de numerosos arquitectos sucesivos. Sin embargo, debido a que cada arquitecto se mantuvo fiel al diseño original, la estructura permaneció como una verdadera representación del período de su diseño. Fiel, consistente, diligentemente cada arquitecto mostró valentía callada.

Usted tal vez sea líder, o tal vez no. Tal vez sea guiado, o tal vez no, a realizar algún proyecto grande de construcción de muros. Tal vez tenga que administrar el personal de alguna oficina, o tal vez no. Tal vez esté interviniendo en modelar las vidas de varios hijos en casa. Pero lo más probable es que usted influye en otros en alguna medida. No se limite a ver que las cosas pasan. Plántese allí con ambos pies. Arriésguese, para cambiar. Levante algunas olas. Abra una nueva senda. Dejé de esperar al otro. ¡Haga que el trabajo se haga!

Un recordatorio: ¡tiene que tener entusiasmo!

Tomado de Charles R. Swindoll, “Ya Gotta Have Heart!” en The Finishing Touch: Becoming God’s Masterpiece (Dallas: Word, 1994), 416-418. Copyright © 1994, Charles R. Swindoll, Inc. Todos los derechos reservados mundialmente.