Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos.—El apóstol Pablo (1 Corintios 10:11)

El uso que la iglesia cristiana ha hecho de las Escrituras del Antiguo Testamento ha sido cuestión de debate desde el tiempo de los primeros padres de la iglesia hasta el presente. El debate primordialmente tiene que ver con la cuestión de cuáles escritos son verdaderamente el canon de las Escrituras del Antiguo Testamento. La palabra canon procede de una palabra griega que quiere decir “regla” o “standard”; en la iglesia cristiana del siglo segundo llegó a entenderse como “verdad revelada”.1 Sin embargo, para algunos cristianos la verdad representó un número diferente de libros que para otros cristianos. Por ejemplo:

[Agustín] consideró que la iglesia era custodio de las Escrituras, y por consiguiente puede haber fácilmente concluido que en cuestiones de la extensión del canon la iglesia tenía la autoridad para decidir . . . Agustín parecía considerar que la recepción de las Escrituras por parte de la iglesia era suficiente garantía para autoridad canónica; así que él presentó esto como razón para aceptar los libros de Macabeos como canónicos.2

Algunos consideraron que el canon se extendía para abarcar todos los libros que se leían en la iglesia para edificación, lo que incluyó la Apócrifa y a veces la Pseudepígrafa (una colección de escritos anónimos, apocalípticos). Otros opinaban que el canon representaba simplemente la Biblia judía, que corresponde a las Biblias protestantes de hoy.3

No fue sino en la época de la Reforma protestante que el debate empezó a rugir. En 1546, cuando el Concilio de Trento hizo una declaración formal de que se condenaba a los que no aceptaban ciertos escritos apócrifos selectos, los protestantes respondieron con una voz igualmente resuelta. Incluso hoy la cuestión de la canonicidad sigue siendo completamente válida. Si hay disputas en cuanto a lo que es Escritura, la legitimidad de la fe misma está en juego. Como el teólogo Roger Beckwith muy bien lo dice: “si no hay canon, no hay Biblia.”4

El Concepto del Canon del Antiguo Testamento

Es irónico que los evangélicos de hoy basen sus creencias solamente en las Escrituras, y sin embargo las Escrituras fueron reconocidas por la tradición. La forma en que se consideró el canon en la historia desempeñó un papel integral en el reconocimiento del canon. La tradición y autoridad del pueblo de Dios en toda la historia ha atestiguado que hubo un grupo de escritos, divinamente inspirados, que fueron reconocidos como tales. La evidencia interna del Antiguo Testamento mismo afirma su origen divino. El mismo Deuteronomio “también reafirma en Israel la idea de un ‘canon,’ colección de materiales escritos por los cuales se debía administrar la vida de la nación.”5 Deuteronomio 31:24-26 dice:

Y cuando acabó Moisés de escribir las palabras de esta ley en un libro hasta concluirse, dio órdenes Moisés a los levitas que llevaban el arca del pacto de Jehová, diciendo: Tomad este libro de la ley, y ponedlo al lado del arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y esté allí por testigo contra ti.

Los creyentes que vivieron en la época entre los dos Testamentos sostuvieron que había un cuerpo conocido de Escrituras, porque en sus escritos a menudo se refieren al mismo con frases autoritativas tales como, “como está escrito,” o “según las Escrituras,” o “está escrito.” De hecho, hay referencias a casi todos los libros del Antiguo Testamento considerados como Escritura de parte de los que vivieron en las eras intertestamentaria y del Nuevo Testamento. Beckwith dice de este período que

Con la excepción de los tres breves libros de Rut, Cantar de los Cantares y Ester, se atestigua la canonicidad de todo libro de la Biblia hebrea, la mayoría de ellos varias veces . . . Es asombroso que, en un período que va desde el segundo siglo a.C. (a más tardar) al primer siglo d.C., tantos escritores, y de tantas clases (semíticos, helenos, farisaicos, esenios, cristianos), muestran tal acuerdo en cuanto al canon.6

Además, hay por lo menos veintiocho títulos separados y documentados para el canon del Antiguo Testamento, demostrando que los libros individuales habían llegado a ser una colección suficiente como para garantizar varios títulos para el grupo (canon) como un todo.7

La historia de la iglesia cristiana consideró firmemente que Jesús y los escritores del Nuevo Testamento pensaban en el Antiguo Testamento al determinar canonicidad. El número de referencias al Antiguo Testamento por parte de los escritores del Nuevo Testamento es abundante, y eso atestigua del hecho de que había un canon establecido al tiempo cuando ellos escribieron.

Probablemente la evidencia secular más completa (en escritos seculares) respecto al concepto del canon reside en la obra de Josefo. Josefo no sólo entendió que existía un canon, sino que también mencionó lo que él pensaba que era el canon (Contra Apio1:7f., ó 1:37-43). Esta lista es idéntica al canon judío y cristiano con la excepción de que omite bien sea Cantar de los Cantares o Eclesiastés.8 Josefo mencionó que había copias de las Escrituras en el mismo templo, y antes de su destrucción en el año 70 d.C. contenía una colección de libros. La comunidad judía consideró que esta colección era canónica, porque “la principal prueba de la recepción canónica de un libro debe haber sido si era o no uno de los que habían sido puestos en el templo.”9 Esta evidencia revela el hecho de que el concepto de un canon en verdad existió antes de que empezara la era cristiana.

La Construcción del Canon del Antiguo Testamento

No sólo que la literatura testifica la existencia del concepto de un canon, sino que revela la construcción de ese canon como constando de tres partes: La Ley, los Profetas y la Hagiógrafa (que quiere decir “Escritos sagrados”). Este método de arreglar los varios libros surgió de numerosas fuentes fuera del Antiguo Testamento mismo.

La evidencia más temprana del arreglo brota del prólogo del libro de Eclesiástico, que menciona específicamente en tres ocasiones las tres partes del canon. El autor dice: “Muchas e importantes lecciones se nos han transmitido por la Ley, los Profetas y los otros que les han seguido, . . . mi abuelo Jesús, después de haberse dado intensamente a la lectura de la Ley, los Profetas y los otros libros de los antepasados.” Aquí el autor claramente indica que el canon contiene tres partes reconocidas; y estas partes, teniendo títulos y secciones, muestran que para el tiempo del escritor (alrededor de 180 a. C.), el canon ya se consideraba cerrado.

Jesús mismo, el testigo más autoritativo para el cristiano, menciona en Lucas 24:44 las tres secciones del Antiguo Testamento como “la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.” “Salmos” sin duda quiere decir toda la Hagiógrafa, porque Cristo a menudo se refirió a Daniel (que era una parte de esa tercera sección), así como también al mismo libro de los Salmos. Filón, un judío egipcio del primer siglo después de Cristo, y el escritor árabe del siglo décimo al-Masudi también se refieren a la Hagiógrafa como los “Salmos.”10

Debido a que los judíos ponían el libro de Crónicas en la Hagiógrafa, otra declaración de Jesús alude a las tres secciones del canon completo. En Lucas 11:50-51 (y también en Mateo 23:35) dijo: “para que se demande de esta generación la sangre de todos los profetas que se ha derramado desde la fundación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que murió entre el altar y el templo; sí, os digo que será demandada de esta generación.” Jesús con certeza se refería al Zacarías de 2 Crónicas 24:21. Esto es significativo, porque su declaración se extiende desde la primera de las tres secciones (tal como Abel en Génesis) a la última de las tres secciones (Zacarías en Crónicas), implicando la inclusión de la segunda también. Cristo recalca el mismo punto al mencionar a los profetas, porque la profecía virtualmente había terminado con la composición de 2 Crónicas, escrito alrededor de 400 a.C.

Judas macabeo y sus asociados compilaron una lista de los profetas y la Hagiógrafa en 164 a.C., por lo menos 250 años antes de la fecha en que generalmente se da por sentado el cierre del canon (90 d.C., en el concilio de Jamnia). El libro histórico de Segundo Macabeos 2:14f lo describe de esta manera: “De igual modo Judas (macabeo) reunió todos los libros dispersos a causa de la guerra que sufrimos, los cuales están en nuestras manos. Por tanto, si tenéis necesidad de ellos, enviad a quienes os los lleven.”

Beckwith dice:

Judas sabía que el don profético había cesado mucho tiempo antes (1 Mac. 9:27; cp. también 4:46; 14:41), así que es más probable que, al reunir las Escrituras dispersas, él y sus compañeros, los jasidim, clasificaron la colección ahora completa de la manera que desde ese tiempo se volvió tradicional . . . La forma en que Judas macabeo hizo esta obra fue presumiblemente compilando una lista, y no combinando libros en rollos grandes . . . Si Judas le dio tal estructura al canon, debe haber tenido una colección definida de escritos con que trabajar.11

Los libros del Antiguo Testamento, agrupados en el canon, tuvieron un orden reconocido. Aunque el orden era diferente para pueblos diferentes, el hecho de que los libros tenían orden, cualquiera que sea tal arreglo, revela que se les reconocía como canónicos, y que el canon estaba cerrado en el tiempo de su ordenamiento.

El número de libros también desempeñó un papel vital. La evidencia muestra que el número de los libros canónicos siempre se consideró ser veintidós o veinticuatro. Los mismos libros estaban en ambos grupos, simplemente agrupados de manera diferente. “En los primeros días combinaban Rut con Jueces, y Lamentaciones con Jeremías, y así hacían veintidós libros, equivalentes a las veintidós letras del alfabeto hebreo.”12  Es “difícil concebir que se contaran así esos libros, y que el número fuera generalmente aceptado y bien conocido, si el canon seguía abierto y la cantidad de los libros era incierta . . . El acuerdo en cuanto a su número implica acuerdo en cuanto a su identidad.”13

El Contenido del Canon del Antiguo Testamento

Los Libros Canónicos

Tiene sentido que al quedar completo un libro del Antiguo Testamento tal libro fuera canónico. Teóricamente eso debe ser así, pero en verdad, un libro de las Escrituras se consideró como tal en virtud de la autoridad del autor humano. Así que, en tanto que el Pentateuco quedó completo con la muerte de Moisés, y los profetas y Hagiógrafa con la de sus autores, el reconocimiento de la canonicidad estos libros puede haber tenido lugar siglos después de su terminación en sí.

En consecuencia, puesto que las opiniones diferían, hubo alguna disputa; en su mayor parte en cuanto a cinco libros del Antiguo Testamento, a veces llamada la “antilegómenos” o “libros contra los cuales se habló.” Fueron: Ezequiel, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares y Ester. Los motivos seculares en estos libros, así como también lo que parece ser contradicciones con otros libros canónicos indisputables, fueron la causa principal de preocupación para algunos eruditos. Pero las disputas mismas implican que los libros en cuestión se consideraban canónicos, porque en textos no inspirados las contradicciones se hubieran dado por sentado, y por consiguiente, no existentes.

Algunos eruditos dan por sentado que la presencia de la disputa demuestra que el canon todavía estaba abierto y no quedó establecido sino en el concilio de Jamnia en el año 90 d.C. La motivación detrás de tal afirmación brota del deseo de canonizar algunos libros apócrifos así como también algunos de la Pseudepígrafa; libros de autores anónimos. Beckwith ofrece un argumento contundente de que no se debatió Ezequiel.14 Dice que ese libro fue parte de los profetas ya cerrados y no de la Hagiógrafa, que fue el tema del debate en Jamnia. En particular sólo se debatió Cantar de los Cantares y Eclesiastés. En verdad, sólo Eclesiastés se debatió de acuerdo al rabino Akiba, Green cita al rabino Akiba del Talmud respecto a la opinión judía de la inspiración de Cantar de los cantares de Salomón:

“¡Silencio y paz! Nadie en Israel jamás ha dudado que Cantares de Salomón profana las manos [i.e. es Escritura]. Porque ningún día en la historia del mundo vale la pena el día cuando Cantar de los Cantares fue dado a Israel. Porque toda la Hagiógrafa es santa, pero Cantar de los Cantares es un santísimo. Si ha habido alguna disputa, se refería sólo a Eclesiastés . . . . Así que debatieron y decidieron.”15

¿Y qué decidieron? “ ‘Los sabios decidieron retirar (ganaz) el libro de Eclesiastés porque su lenguaje a menudo se contradice a sí mismo, y contradice los enunciados de David. ¿Por qué no lo retiraron? Porque el principio y el fin del mismo consiste de palabras de la ley.’ Sabat 30b.”16 El libro de Segundo Esdras muestra que Esdras volvió a publicar los veinticuatro libros de la ley inspirada. “¿Cómo puede hacerse tal aseveración si se sabía que cinco de los veinticuatro libros habían sido añadidos al canon como en el año 90 d.C., apenas unos diez años antes?”17 Al final, la Hagiógrafa triunfó. Dos factores ayudaron, según Pfeiffer:

La primera fue mera supervivencia. En tiempos antiguos, cuando los libros debían copiarse laboriosamente a mano en papiro o pergamino, ninguna obra literaria podría sobrevivir por unos pocos siglos a menos que hubiera obtenido considerable circulación . . . . Podemos maravillarnos, por ejemplo, por qué Ester debería haber sobrevivido entre los judíos, en tanto que Judit pereció, puesto que la apelación de ambos fue principalmente patriótica.18

Los Libros No Canónicos

Los libros que se reconocieron como no canónicos, primordialmente los libros de las Pseudepígrafa y Apócrifa, no se pudieron incluir en el canon por una razón: su fecha es muy posterior a la fecha que previamente se atestiguó como el cierre del canon reconocido por Judas macabeo en 164 a.C. La confusión brota porque muchos de los libros en cuestión son fuentes históricas impecables y son verdad en lo que dicen. Pero la verdad no necesariamente constituye un lugar en el canon. Los libros tales como Primero Macabeos, Judith, Sabiduría de Salomón y Eclesiástico contienen gran valor histórico, pero valor no basta para garantizar canonicidad. Incluso en el valioso libro de Eclesiástico hay prejuicios personales que la Sagradas Escrituras no elogiaría. El autor, Jesús hijo de Sirac, revela mucho de su carácter personal puesto que “no sólo expresa sus puntos de vista con amplia franqueza sobre una variedad de temas, y deja en secreto, por ejemplo, su intensa aversión por el bello sexo ‘más débil’ (9:8; 23:22-27. . .).”19

Incluso Agustín creía en la inspiración de algunos de los apócrifos.

Con todo, en el fragor de la discusión, Agustín limita su Antiguo Testamento al canon judío cuando escribe en su tratado sobre “Fe en lo que no se ve” apelando a las Escrituras como sigue: “A menos que desdichados hombres no creyentes juzguen las cosas que han escrito los cristianos, a fin de que esas cosas que ya se creen pudieran tener mayor peso de autoridad si se pensara que habían sido prometidas antes de que vinieran. Si sospechan esto, que examinen cuidadosamente los códices de nuestros enemigos los judíos. Allí que lean esas cosas de las cuales hemos hecho mención.”20

Harris dice, “Filón . . . evidentemente aceptó los veintidós libros hebreos, porque cita de muchos de ellos y sólo de ellos, como autoritativos.”21 San Jerónimo, así como también Rufino, fueron claros como el cristal respecto al asunto [de no considerarlos canónicos] pero su reacción a la presión ejercida sobre ellos indica que muchos líderes pensaban que había libros adicionales que se debían reconocer como inspirados . . . . Jerónimo cedió a la petición popular al proveer una traducción para la iglesia en general pero nunca permitió que sus convicciones eruditas cedan al punto de reconocer tales libros como canónicos.22

El canon esenio contenía algunos de los pseudepígrafos que aducían ser divinos. Pero la mayoría de estos escritos eran midrash (comentarios) sobre libros canonizados y lógicamente no serían Escritura. Porque si los  pseudepígrafos contenían una copia de un libro canónico así como también un comentario sobre el mismo, ¿por qué negaría eso el libro canónico original, porque la Pseudepígrafa con su comentario inspirado sería mucho más valiosa? Además, “si estaban conscientes de que eran inspirados, ¿por qué no tuvieron la confianza para usar sus propios nombres?”23 Incluso la cita en Judas 14 de Primero Enoc 1:9 no requiere que Primero Enoc sea Escritura. Citar en las Escritura algo que es cierto es diferente a decir que lo que se cita es Escritura. Incluso Pablo citó a un poeta pagano en Hechos 17:28, pero con certeza no lo consideró como Escritura sino simplemente como verdad. Los fariseos, saduceos y esenios también reconocían un canon cerrado y generalmente veían que la profecía había cesado antes de que se escribieran los pseudepígrafos y apócrifos. Ninguno de los pseudepígrafos ni apócrifos estuvieron en el canon de los judíos, y fue a este canon que Jesús mismo y los apóstoles apelaron.

Implicaciones y Conclusiones

Las implicaciones de tal estudio son dobles. Para los que creen que escritos aparte del Antiguo Testamento judío y protestante son inspirados, es necesario que hagan una seria reconsideración. Jesús mismo implicó que el último profeta fue Zacarías en el libro de Crónicas. El valor incuestionable de los apócrifos y pseudepígrafos no es la cuestión; la cuestión es si fueron alguna vez candidatos a canonicidad.

Para los que creen en el Antiguo Testamento judío y protestante, hay el valor del consuelo y seguridad. El estudio de la canonicidad debe despertar una devoción más profunda a las Escrituras que Dios ha considerado apropiado no sólo revelarnos sino también sostener y confirmar mediante muchos agentes diferentes.

La hierba se seca, y la flor se marchita, porque el viento de Jehová sopló en ella; ciertamente como hierba es el pueblo. Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.
(Isaías 40:7-8)

  1. Walter Bauer y otros, eds., A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, 2a ed. rev. (Chicago: University of Chicago Press, 1979), 403.
  2. Samuel J. Schultz, «Augustine and the Old Testament Canon,» Bibliotheca Sacra, vol. 112 #447 (Julio, 1955) 230, 232.
  3. Roger Beckwith, The Old Testament Canon of the New Testament Church (Grand Rapids: Eerdmans, 1985) 2.
  4. Beckwith, 5.
  5. Raymond B. Dillard y Tremper Longman III. An Introduction to the Old Testament (Grand Rapids: Zondervan, 1994), 103.
  6. Beckwith, 71, 76.
  7. Beckwith, 105-107.
  8. Beckwith, 80.
  9. Beckwith, 86.
  10. Beckwith, 111-112.
  11. Beckwith, 152, 165.
  12. R. Laird Harris, «Canon of the Old Testament,» en Zondervan Pictorial Encyclopedia of the Bible (Grand Rapids: Regency, 1976), 189.
  13. Beckwith, 262.
  14. Beckwith, 274-275.
  15. William H. Green, General Introduction to the Old Testament: The Canon (London: Murray, 1899), 139.
  16. Green, 138.
  17. Beckwith, 275.
  18. Robert H. Pfeiffer, Introduction to the Old Testament (New York: Harper & Row, 1948), 62.
  19. Pfeiffer, Robert H. History of New Testament Times with an Introduction to the Apocrypha (New York: Harper & Row, 1949), 366.
  20. Schultz, 228.
  21. Harris, 189.
  22. Schultz, 231.
  23. Beckwith, 359.

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