Proverbios 12, 13, 15, 19, 22, 26

La mayoría de las personas viven bajo la impresión de que el trabajo es una maldición.

Algunos hasta intentan citar la Escritura para apoyar su posición de que el trabajo es una consecuencia triste de la caída de Adán en el Jardín del Edén. Esa es una equivocación. Antes de que el pecado entrara en el mundo, antes de la desobediencia de Adán que subyugó al mundo a las consecuencias del pecado y cuando la inocencia todavía prevalecía, Dios le asignó a la humanidad la tarea de cultivar el jardín, llenar el mundo y gobernar la tierra (Génesis 1:28; 2:15).

El trabajo no es una maldición. Al contrario, es un regalo de Dios. Él dio a los seres humanos el honor de convertirse en los virreyes de la tierra. La caída de la humanidad, sin embargo, transformó el trabajo en algo penoso. Cuando Dios confrontó a Adán, a quien responsabilizó por el pecado de ambos, pronunció varias maldiciones.

Una de tales concerniente a la tierra:

«Porque obedeciste la voz de tu mujer y comiste del árbol del que te mandé diciendo: No comas de él, sea maldita la tierra por tu causa. Con dolor comerás de ella todos los días de tu vida; espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste tomado. Porque polvo eres y al polvo volverás» (Génesis 3:17-19).

El término que utilizamos para «maldición» no es tan fuerte como el término hebreo arar. En hebreo esta palabra de la idea de «atar (como con un hechizo)», «crear obstáculos», «debilitar al grado de no poder resistir».1

Dios había advertido a Adán y a Eva que la desobediencia traería la muerte, que el pecado resultaría en consecuencias indeseables. Cuando desobedecieron, la creación comenzó una muerte larga, lenta y agonizante que continúa hasta el día de hoy (Romanos 8:19-22). El mundo se convirtió en un lugar torcido, el orden se volvió desorganizado, las relaciones sufrieron conflictos y el trabajo se convirtió en un sufrimiento. Dios había creado la tierra para que respondiera a la mano agricultora de la humanidad, pero ahora todo resiste nuestro dominio. Si la mala hierba no ahoga nuestros cultivos, las plagas tratan de comérselos antes de la cosecha.

La maldición que siguió a la caída también se encuentra detrás de las irritaciones que ahora frustran el trabajo del ser humano. El trabajo en sí mismo es un privilegio. También es un desafío a la indolencia, una respuesta al aburrimiento y una oportunidad de madurar de manera individual y de desarrollarnos. Además, es la forma de utilizar nuestras capacidades. Quizás el aspecto más importante de todos es que el trabajo solventa nuestras necesidades físicas.

Reflexión: ¿Cuál cree que es la diferencia principal entre el trabajo normal y el trabajo penoso? ¿Qué trabajo considera más satisfactorio? ¿Cómo Dios utiliza su ocupación actual para desarrollarle como persona? ¿Cómo puede cooperar con Dios en ese programa de desarrollo?

El trabajo no es una maldición. Al contrario, es un regalo de Dios.

Charles R. Swindoll Tweet This

Adaptado del libro, Viviendo los Proverbios (Editorial Mundo Hispano, 2014). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2018 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.