Daniel 4:35

Y todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, mas él actúa conforme a su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra; nadie puede detener su mano, ni decirle: «¿Qué has hecho?» Daniel 4:35

RECONOCEMOS QUE ESTÁS en el cielo, Padre celestial, y que Tú llevas a cabo todo lo que te propones en la tierra de acuerdo con Tu voluntad. Aun cuando todos los habitantes de este planeta son como polvo, Tú nos pides que te obedezcamos y que seamos un pueblo de oración.

Señor, recuérdanos que mientras Tú estás haciendo Tu obra, nosotros también debemos participar en el cumplimiento de Tu plan. No nos has diseñado para que seamos personas pasivas, indiferentes o complacientes en la obra del ministerio. ¡Que mensaje tan tentador del enemigo!  Te pedimos que pueda ser silenciado en nuestras mentes e ignorado en nuestras voluntades. Que podamos ser aquellos que se vuelvan a Ti para recibir fortaleza. Que seamos fieles para hablarles a otros de Tu Hijo Jesús. Úsanos poderosamente para presentar Tu verdad.

Cámbianos Padre celestial, para que recordemos que el tiempo es corto y que la vida está llena de vacío, sufrimiento, desánimo y depresión. Ayúdanos a convertirnos en personas de oración que derraman sus corazones ante ti con pasión. Te lo pedimos en el nombre del Salvador, que nos dio la Gran Comisión. Amén.

Véase también 1 Samuel 12:23; Isaías 40:17; 41:11-12; Daniel 4:35; Mateo 28:18-20; Lucas 18:1; 1 Tesalonicenses 5:17; 2 Pedro 1:13; 3:1.

 

CRISTIANISMO CON AGALLAS
Su apellido era Bonhoeffer. Él era uno de aquellos que rehusó tener una actitud pasiva y mantenerse callado cuando las cosas andaban mal. Como resultado, fue arrestado y llevado a prisión el 5 abril de 1943. Allí, por dos años, fue prisionero de los nazis.

El 8 abril de 1945, un domingo de resurrección, este siervo de Dios predicó su último sermón desde la prisión. Consistió en un sencillo servicio de adoración, un versículo: «Por sus llagas fuimos nosotros curados», una oración y unas cuantas lágrimas. Súbitamente la puerta se abrió y se oyeron las palabras: «Prisionero Bonhoeffer, vente con nosotros». A esto siguió una breve despedida. Él jaló a uno de los hombres y le dijo al oído: «Este es el fin, pero para mí es el principio de la vida».

En el amanecer gris de la mañana siguiente, en el campo de concentración de Flossenburg, el amado Dietrich Bonhoeffer fue colgado por orden especial de Henrich Himmler. Parece una ironía cruel que su ejecución ocurrió solo días antes de que los aliados llegaran y liberaran a los prisioneros del campo de concentración. Pero ¿quién puede cuestionar la duración de la vida de una persona si Dios es verdaderamente soberano? Quizá su muerte hizo más para resaltar su memoria que lo que una larga vida jamás lo hubiera hecho.

En una época como la nuestra donde el pensamiento y la fe son superficiales y donde los santos del servicio secreto ensucian el paisaje, es motivante recordar a ese hombre que se convirtió en sinónimo de un cristianismo con agallas. La próxima vez que usted tenga miedo de levantarse solo o de hablar en defensa de la verdad aun cuando pueda ser malentendido, recuerde ese nombre. Le perteneció a alguien que tenía la convicción de que Dios era real y siempre estaba cerca de él. Él era uno de esos «hombres de los cuales el mundo no era digno» (Hebreos 11:38). El hombre ha muerto, pero su nombre y sus palabras siguen vivas.

Su nombre era Bonhoeffer.

Adaptado del libro, Responde a Mi Clamor: Aprenda a comunicarse con un Dios que se preocupa por usted (Worthy Latino, 2014). Copyright © 2014 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.