Existen momentos en la vida cuando pasamos por temporadas de sufrimiento y fuertes desafíos en los que nos vemos tentados a levantar nuestra mirada al cielo y decir suspirando: “Si tan sólo tuviera más fe, Señor . . . ” Pero aquí está la cosa con respecto a la fe; no es una gran fe la que necesitamos, sino fe en un gran Dios.

El evangelio de la prosperidad proclama: “Si oras lo suficiente y haces todo lo que Dios espera de ti, tendrás todo lo que deseas. Si no obtienes lo que deseas es tu culpa porque no tuviste suficiente fe”.

Guadalupe amaba mucho a su padre. Cuando él contrajo cáncer, ella se sintió devastada. Oraba todos los días por su sanidad. Pero seis meses después su padre murió. ¿Fue acaso por no tener suficiente fe? ¿Cuánta fe es suficiente fe?

Jesús dice a sus discípulos en Lucas 17:6: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicómoro: Desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecería”.

Después de haber enseñado que aun con una fe tan pequeña como la de un grano de mostaza se pueden hacer cosas inimaginables, Jesús sigue afirmando en la parábola del amo y su sirviente (Lucas 17:7-10), que no importa cuántas cosas hagamos con fe, nunca podremos hacer más de los que se espera de nosotros.

Cristo nos insta a realizar nuestro servicio en gratitud por el generoso regalo del amor de Dios. Cuando utilizamos el poder de ese amor y permitimos que fluya dentro y fuera de nosotros con actos humildes de servicio, entonces nuestra fe crecerá. Y luego debemos reconocer que, cuando hayamos hecho todo cuanto hemos podido, sólo hemos cumplido con nuestro deber. Pero debido a que hemos puesto nuestra fe en Dios, aún lo imposible llega a ser posible. A menudo cometemos el error de orar pidiendo más fe, cuando todo lo que necesitamos es vivir la que ya tenemos, siendo obedientes a Dios en Cristo Jesús, en el poder del Espíritu Santo.