Preparar el Alimento, Parte V

APLICACIÓN: Agregar el condimento final
Desde que comenzamos a compartir los pasos necesarios para nutrirnos personalmente de las Escrituras, hemos usado la analogía de un chef ejecutivo ya que la «receta personal» que hemos estado explicando son los pasos que nuestro propio pastor, Charles Swindoll, ha usado desde que él comenzó su ministerio. Y ahora hemos llegado al paso que culmina toda receta.

Cada paso que se da al hacer una comida gourmet contribuye a una experiencia culinaria emocionante. Esto incluye buscar los mejores ingredientes, cocinarlos a la perfección y, finalmente, presentar el platillo sobre una atractiva vajilla con una exquisita cristalería. Desde luego, lo determinante antes de servir la comida es el sabor del primer bocado en el paladar. Toda la preparación laboriosa y la presentación esmerada quedará incompleta frente a cómo sabe la comida realmente.

Lo mismo puede decirse acerca del estudio y asimilación de las Escrituras. Uno puede pasar el tiempo prestando atención a los detalles en la observación cuidadosa de un pasaje, entendiendo su significado en la interpretación precisa y obtener una perspectiva bíblica más completa haciendo una correlación adecuada. Sin embargo, toda esta laboriosa preparación quedará incompleta sin la aplicación personal y precisa del texto. No aplicar la verdad de las Escrituras es como un chef que reúne todo lo necesario para preparar una comida maravillosamente satisfactoria y luego deja todo sobre la encimera de la cocina. Nadie es alimentado y la comida se desperdicia.

Tal vez las palabras del Dr. Howard Hendricks, uno de los más notables profesores de Hermenéutica Bíblica del Seminario Teológico de Dallas, ilustran de manera contundente la importancia de aplicar la Biblia a nuestras vidas: «Observar e interpretar sin aplicar es como abortar». La vívida imagen de estas palabras hace que nos demos cuenta de lo trágico que es efectuar la ardua labor de estudiar y entender el significado de un pasaje de las Sagradas Escrituras, pero fallar en la aplicación personal de dicho pasaje. La aplicación agrega el condimento final a la comida espiritual nutritiva de las Escrituras, y luego la sirve a los invitados que esperan ser alimentados.

Pero ¿qué es la aplicación de un texto?
Aplicar significa tomarse la Palabra de Dios de manera personal. Es permitir que las verdades universales de la Biblia resalten los aspectos que necesitan atención en nuestras vidas y nos muevan a la acción. En otras palabras, aplicar significa obedecer; es hacer lo que Dios quiere que hagamos.

La aplicación responde a la pregunta: ¿Qué aplicación tiene este texto a mi propia vida? En otras palabras: ¿Cómo puedo llevar a la práctica esto que he escuchado o aprendido? El gran evangelista D. L. Moody bromeó diciendo que «nuestro gran problema es el problema del tráfico de la verdad no vivida. Tratamos de comunicar lo que nunca hemos experimentado en nuestras propias vidas».

El mensaje de la carta de Santiago gira en torno a la siguiente idea: «Si tu crees como dices que deberías, ¿por qué te comportas como sabes que no deberías?». La aplicación comienza con el «creer», pero culmina en el «ser» y el «hacer». El creyente que conoce la verdad, pero no actúa con base en ella, no solo está cometiendo un error o mostrando un juicio pobre, sino que también está en desobediencia. . .  está cometiendo pecado (Santiago 4:17). En la mente de Dios, el «saber» sin «obedecer» es pecado. En términos sencillos: la aplicación es la obediencia en acción.

¿Por qué es importante la aplicación?
En Santiago 1:22 encontramos una de las metáforas más poderosas acerca de la importancia de aplicar las Escrituras a nuestras vidas. Santiago comparó la Palabra de Dios con un espejo que refleja la verdad sin prestar cuidadosa atención a uno mismo:

«No solo escuchen la palabra de Dios; tienen que ponerla en práctica. De lo contrario, solamente se engañan a sí mismos. Pues, si escuchas la palabra pero no la obedeces, sería como ver tu cara en un espejo; te ves a ti mismo, luego te alejas y te olvidas cómo eres. Pero si miras atentamente en la ley perfecta que te hace libre y la pones en práctica y no olvidas lo que escuchaste, entonces Dios te bendecirá por tu obediencia» (Santiago 1:22-NTV).

Cada vez que leamos las páginas de la Biblia, pensemos que cada página es como un espejo. La Palabra de Dios le da convicción de pecado a causa de sus malas acciones. Pero solo sentirse mal por ello, sin hacer algo al respecto, es como levantarse temprano en la mañana, entrar al baño y ver la monstruosidad que refleja el espejo. Imagínese, cabellos que parecen haber sido víctimas de una explosión de colchón, marcas de la almohada en su rostro y una boca con mal aliento. Pero si no hace algo al respecto, de nada sirve darse cuenta de todo esto. Tenemos que reaccionar haciendo algo al respecto. Recuerde, en la observación y la interpretación, nosotros estudiamos la Palabra de Dios… en la aplicación, la Palabra de Dios nos estudia a nosotros. En esto radica la importancia de aplicar correctamente algún pasaje de las Escrituras.

La Mentalidad de la Aplicación: Pensar Como un Padre de Familia
La metáfora principal utilizada en este método de Aliméntese de las Escrituras es la nutrición espiritual. Al aprender a estudiar la Biblia, los cristianos pueden aprender a preparar por sí mismos sus propias comidas espirituales saludables y nutritivas; en otras palabras, pueden valerse por sí mismos. En este sentido, la responsabilidad de quienes enseñan la Palabra de Dios es similar a la de los padres de familia: alimentar, nutrir, modelar, explicar y ayudar a que otros crezcan hasta llegar a la madurez.

Todo padre de familia espera que sus hijos pequeños cambien a medida que van creciendo. ¿Cuáles son algunas de las cosas que hacen los niños y que se espera que cambien?

  • Los niños dependen de sus padres para que tomen decisiones por ellos, pero los padres esperan que sus hijos aprendan a tomar sus propias decisiones.
  • Los niños dependen de sus padres para ser alimentados, pero los padres esperan que sus hijos aprendan a alimentarse por sí mismos.
  • Los niños dependen de la contribución de sus padres, pero los padres esperan que sus hijos aprendan a hacer su propia contribución.

Si los hijos han de madurar, ciertas cosas deben cambiar. Un padre de familia sabio sabe que estos cambios deben ser modelados y fomentados. Pablo escribió lo siguiente a los creyentes en Éfeso:

«Preparar al pueblo de Dios para que lleve a cabo la obra de Dios y edifique la iglesia, es decir, el cuerpo de Cristo. Ese proceso continuará hasta que todos alcancemos tal unidad en nuestra fe y conocimiento del Hijo de Dios que seamos maduros en el Señor, es decir, hasta que lleguemos a la plena y completa medida de Cristo»
(Efesios 4:12–13, NTV).

Por lo tanto, el objetivo en la predicación y la enseñanza es fomentar el crecimiento. ¿Cuáles son los resultados de la madurez espiritual? Pablo continúa diciendo:

«Entonces ya no seremos inmaduros como los niños. No seremos arrastrados de un lado a otro ni empujados por cualquier corriente de nuevas enseñanzas. No nos dejaremos llevar por personas que intenten engañarnos con mentiras tan hábiles que parezcan la verdad. En cambio, hablaremos la verdad con amor y así creceremos en todo sentido hasta parecernos más y más a Cristo, quien es la cabeza de su cuerpo, que es la iglesia» (Efesios 4:14–15, NTV).

Por lo tanto, el crecimiento espiritual se da al permitir que el Espíritu Santo, a través de la Palabra de Dios, dé forma a nuestra manera de pensar, lo que a su vez conduce a cambios en la manera en que nos comportamos.

La Práctica de la Aplicación
Como un gran concierto, el Salmo 139 se construye en un poderoso crescendo cuando el salmista aplica estas verdades personalmente. David se estaba sometiendo al escrutinio más vulnerable y exigente del Espíritu Santo cuando oró estas palabras:

«Examíname, oh, Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce los pensamientos que me inquietan. Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda (literalmente, las palabras originales son “cualquier forma de dolor”) y guíame por el camino de la vida eterna» (Salmos 139:23-24).

Qué oración tan transparente, ¿no cree? ¡Qué confianza y esperanza muestra tener en el Señor! No es de extrañarse que Dios lo llamara «un hombre conforme a mi propio corazón» (Hechos 13:22).

Cada vez que usted lea y medite en un pasaje como este y decida aplicarlo a su situación personal, esté listo para que el Espíritu le revele «cualquier forma de dolor» que haya dentro de usted. Entonces, le corresponde a usted actuar al respecto y hacer los cambios necesarios para ponerse a cuentas con Dios.

Al comenzar el proceso de aplicación de un texto bíblico de manera personal puede ser muy útil tener presente los siguientes principios:

  • Piense. Piense en lo que le está pasando en su vida. Revise su interior y sea sincero consigo mismo y expresando su necesidad. «Señor, yo necesito. . .».
  • Identifique. Identifique cualquier zona conflictiva interna que haya en su vida. «Ahora me doy cuenta de. . .».
  • Confiese. Confiese y pida perdón a Dios por cualquier pecado que el Espíritu Santo le esté señalando. «Siento mucho que yo. . .».
  • Busque. Busque los caminos que lo lleven a la integridad y a la salud espiritual. «Señor, por favor. . .».

A ningún chef se le ocurriría preparar un rico y suculento platillo y presentarlo en una exquisita vajilla sin antes probarlo para asegurarse de que la comida tiene el gusto que se desea. El sabor es una de las partes más importantes de cualquier alimento, incluso más que presentación misma. En eso radica la importancia de condimentar apropiadamente la comida. El condimento correcto produce el sabor correcto.

Para que un alimento espiritual cumpla con la función de ser saboreado apropiadamente, debemos asegurarnos de agregar el condimento final: la aplicación personal del texto. Por lo tanto, al igual que el chef cuando prepara la comida, necesita probarla antes de servirla a sus invitados. Todo maestro o predicador necesita aplicar a su vida el fruto de lo estudiado antes de desafiar a otros a poner en práctica un pasaje de las Escrituras.

En resumen, el objetivo de la predicación bíblica es la aplicación del texto expuesto. A través de la aplicación apropiada, la iglesia crece hasta la madurez de la fe en Cristo. La aplicación es la obediencia en acción, y sin ella, el trabajo del pastor o maestro queda inconcluso. La tarea del expositor bíblico es identificar la verdad universal en cualquier pasaje de la Biblia y aplicar esa verdad universal en términos de acciones y actitudes que son relevantes hoy en día, primero en sus propias vidas y luego en las vidas de los que escuchan el mensaje.

Como creyentes, somos llamados a vivir la realidad del mensaje de Cristo en nuestra vida. La convicción debe conducir al arrepentimiento, seguido por una acción obediente. Así que ha llegado el momento de someter nuestra comida a la «prueba del sabor». Apliquemos el texto a nuestra vida y nuestra vida al texto.

Consejos prácticos para la aplicación personal de la verdad bíblica
A medida que se acerque a su estudio de las Escrituras, ya sea en sus momentos a solas con el Señor o durante su tiempo de preparación ministerial, tenga en cuenta las siguientes preguntas:

¿Hay algún ejemplo que pueda seguir?
¿Hay alguna promesa que deba reclamar?
¿Hay alguna oración que deba ofrecer?
¿Hay algún pecado que deba confesar?
¿Hay algún mandato que deba obedecer?
¿Hay algún hábito que deba romper?
¿Hay alguna actitud que deba cambiar?
¿Hay algún desafío que deba enfrentar?
¿Hay alguien a quien deba perdonar?
¿Hay alguna persona a la que necesite pedirle perdón?

La siguiente oración puede ayudarle a expresar su gratitud a Dios mientras aplica el texto a su vida y su vida al texto:

«Señor, estoy muy agradecido por esta lección acerca de la importancia de la aplicación de Tu Palabra. Deseo no solo escucharla o leerla, sino también aplicar lo que estoy aprendiendo de ella. Gracias especialmente por Jesús, mi Salvador, quien brinda un ejemplo vivo de obediencia y entrega a Tu perfecta voluntad y a Tu poderosa Palabra. Hago esta oración en Tu poderoso nombre. Amén».