El foso que cavaste para otro

El segundo filo examina: ¿no estaremos nosotros cavando algún foso? No hace falta conspirar en palacios. Se cava con chismes «bien intencionados», con resentimientos alimentados, con el deseo secreto de que a cierta persona le vaya mal. Gálatas advierte a los creyentes: «todo lo que el hombre siembre, eso también segará» (Gálatas 6:7, NBLA).

El Juez de toda la tierra

Esta certeza no nos vuelve vengativos, sino pacientes. Podemos soltar la obsesión por ver caer a nuestros ofensores, precisamente porque sabemos que ningún mal quedará finalmente impune: o fue clavado en la cruz con Cristo, o será juzgado con perfecta equidad.

La alegría del que ve actuar a Dios

Honestamente, ¿no crees que a veces nos falta esta alegría porque ya no esperamos ver actuar a Dios? El que no espera nada, no celebra nada. Recupera la expectativa: ora pidiendo cosas concretas y mantén los ojos abiertos para reconocer las respuestas cuando lleguen.

Conversar rodeado de leones

Esa clase de paz no se aprende en teoría; se forja en fosos. Por eso Dios permite que Sus hijos pasen por lugares hondos: no para destruir su fe, sino para volverla inconmovible. La confianza descansada de un creyente probado vale más que mil argumentos.

Mi Dios envió Su ángel

Piensa en esto: Daniel vio al ángel porque el peligro era visible. Pero ¿cuántos rescates no vemos? El accidente que no ocurrió, la tentación que se desvió, la decisión que evitó una ruina que nunca conoceremos. Llegaremos a la eternidad y descubriremos que fuimos guardados mil veces sin enterarnos.

El Dios de los que esperan respuesta

La respuesta a Darío llegó: una voz subió desde la oscuridad. Y las respuestas de Dios para ti también vienen en camino, aunque el intervalo se sienta eterno. Algunas llegarán esta semana; otras, como las de tantos santos, se responderán plenamente en la eternidad. Pero ninguna oración lanzada al foso de la fe cae en el vacío.

Siervo del Dios viviente

Nuestro mundo también tiene sus ídolos sin vida: el dinero que no puede consolarte en el duelo, el prestigio que no baja contigo al quirófano, los ídolos de pantalla que no escuchan oraciones. Servir a lo que no vive es la inversión más triste que existe.

Se levantó al amanecer

Toda noche de prueba tiene algo en común con la de Darío: parece interminable mientras se atraviesa, pero tiene fecha de vencimiento. La noche no vota; no decide quedarse. El amanecer llega porque Dios lo ha decretado, y ninguna oscuridad ha logrado jamás retrasarlo un solo minuto.

La noche más larga

Esta noche, cuando apagues la luz, haz el traspaso deliberadamente: nombra delante de Dios cada cosa que te desvela y déjala en Sus manos. Él, de todos modos, va a quedarse despierto: «No dormita ni duerme el que guarda a Israel» (Salmos 121:4).