La oración como hábito formativo

La oración no es solo informar a Dios de lo que necesitamos; es ser formados por Él. Cuando oras consistentemente, no solo cambias circunstancias externas; eres tú quien es cambiado en lo interno. Tu carácter se va alineando con Su carácter. Tu mente se va llenando con Su mente. Tu voluntad se va sometiendo a Su voluntad.

Siempre recibimos lo mejor de Dios

Si la primera lección es no esperar lo que merecemos de la gente, la segunda es contraria: siempre recibimos de Dios lo mejor para nosotros. No lo dudes. Lo mejor de Dios puede no parecerse a lo que esperamos ni llegar cuando creemos necesitarlo. Pero no debemos dudar de Su cuidado ni de Su carácter mientras soportamos el dolor de esperar.

Daniel prosperó

Si estás en una temporada de foso, recuerda: el foso no es el final. El propósito del foso es refinarte para lo que viene. Pablo escribió: «Los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada» (Romanos 8:18, NBLA). Lo que estás soportando ahora no es comparable con lo que Dios prepara después. La prosperidad de Daniel después del foso es solo una sombra de la gloria que espera a Sus fieles.

Cuando la trampa devora al cazador

Salomón lo expresó con sabiduría: «El que cava un foso caerá en él, y el que rueda una piedra, sobre él volverá» (Proverbios 26:27, NBLA). No es magia ni superstición. Es justicia divina. Hay un orden moral en el universo creado por Dios, y aunque a veces parece que la maldad triunfa por temporadas, al final el justo es vindicado.

Ni un rasguño

Pablo lo dijo así: «Estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:38-39, NBLA). El foso puede tener garras. Pero no tiene poder para separarte de Dios. Y al final, lo que importa es que llegues a Su presencia con tu alma intacta.

Hallado falto

Pero aquí está la buena noticia: lo que nosotros no podemos aportar, Cristo lo suple. Su justicia perfecta se acredita a nuestra cuenta. Su peso infinito cubre nuestra deficiencia. En Él, pasamos de «hallados faltos» a «hallados en Cristo».

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