«Las Escrituras no fueron dadas para aumentar nuestro conocimiento,
sino para cambiar nuestras vidas». —D.L. Moody

Nadie puede negar la importancia de una buena nutrición alimenticia. Nuestros niveles de energía, nuestra capacidad de manejar los desafíos de la vida y hasta nuestra actitud mental están directamente relacionados con el consumo de los alimentos saludables que debemos ingerir diariamente y en cantidades apropiadas. Consumir comida chatarra o alimentos con alto contenido de azúcar todo el tiempo, eventualmente afectará nuestra salud, haciéndonos sentir fatigados y aletargados, podemos volvernos irritables, nerviosos o incluso deprimidos, y somos más propensos a enfermedades crónicas. Es la manera que tiene el cuerpo de hacernos saber que le falta la nutrición necesaria.

Lo mismo sucede cuando se trata de asuntos espirituales. Ojear uno o dos versículos mientras vamos saliendo de la casa no satisface nuestra necesidad ni nos hace crecer a largo plazo. Sin la alimentación bíblica regular y suficiente, nuestra vida interior empieza a sufrir las consecuencias. Nuestra alma anhela ser alimentada, nutrida y fortalecida por las Escrituras en forma habitual. Cuando dejamos de apartar tiempo para consumir el alimento espiritual saludable, no pasa mucho tiempo antes de que empiecen a notarse las consecuencias. Comenzamos a manejarnos según la carne, en vez de hacerlo según el Espíritu de Dios. Nos volvemos frívolos y egoístas, y menos amables. Reaccionamos con impaciencia y enfado. Estas son algunas señales de desnutrición espiritual.

Para asegurar que nuestra alma esté bien nutrida, necesitamos aprender a preparar nuestros propios alimentos espirituales, asegurándonos de utilizar ingredientes nutritivos de buena calidad. Las deliciosas comidas gourmet que sirven en los restaurantes no aparecen de la nada. Demandan tiempo y cuidadosa preparación. Se distinguen por utilizar ingredientes frescos, nutritivos y de la más optima calidad. Los chefs no lanzan un manojo de cosas juntas de manera casual; más bien, siguen una receta específica y les prestan atención especial a los detalles importantes. Después de elaborar cuidadosamente cada platillo, lo presentan de una forma creativa y apetecible. El resultado es una suculenta comida y la satisfacción del comensal.

Este es precisamente el modelo que debemos seguir en cuanto a las Escrituras. Antes de meternos de lleno en la Biblia, necesitamos tener en cuenta el valor nutritivo de estudiar la Palabra de Dios. ¿Cuáles serán los beneficios de aprender a estudiar la Palabra de Dios por nuestra cuenta? Además, necesitamos alimentarnos habitualmente de las Escrituras. No es suficiente tener un pastor o un maestro que nos alimente una vez por semana; necesitamos ser capaces de preparar nuestras propias comidas espirituales a diario.

En las ediciones anteriores del boletín de Vivencias, comencé compartiendo la primera de las tres etapas necesarias para preparar por su cuenta el alimento espiritual y nutritivo de las Escrituras, que es reunir los ingredientes. Para ello, fue necesario planificar un menú completo de cuatro tiempos, que no es otra cosa que hacer una descripción general del contenido de la Biblia. En la edición de este mes, hablaremos un poco de cómo estos ingredientes llegan desde su lugar de origen hasta nuestra cocina, sin mermar su calidad. Y cómo nuestro alimento espiritual tiene que ser preparado con esmero para que nos sustente, nos revitalice y calme los anhelos más profundos de nuestra alma. En otras palabras, hablaremos de la naturaleza transformadora de la Biblia.

El pastor Charles Swindoll comenta al respecto: «Los artículos noticiosos pueden informarnos. Las novelas pueden inspirarnos. La poesía puede cautivarnos. Pero solo la Palabra viva y activa de Dios puede transformarnos».

RECOMENDACIONES DEL CHEF

En todo restaurante de alta cocina, la planificación del menú corre a cargo del chef ejecutivo. Él o ella, no solo posee una gran habilidad para cocinar y presentar elegantemente un platillo, sino también para administrar eficazmente la cocina de un restaurante. Por tal motivo, al enseñar y supervisar el trabajo que realiza el personal de la cocina, los chefs siempre están haciendo recomendaciones importantes para garantizar el óptimo resultado en la preparación de los alimentos. Lo mismo sucede a la hora de preparar el alimento espiritual de las Escrituras. Hay una lista de recomendaciones importantes a considerar si se desea obtener el óptimo resultado en el estudio y aprendizaje de la Biblia. Veamos cada una de las recomendaciones del chef.

Primera recomendación: Ya que la Biblia en su totalidad señala a Cristo como la figura central, el creyente debe esforzarse por estudiar las Escrituras en obediencia a Dios.

Todos sabemos que los libros están destinados a ser leídos. Si el libro es un libro de texto para una clase, lo leemos, lo estudiamos y posiblemente nos propongamos a memorizar algunos fragmentos. Si el libro es una novela clásica, lo leemos esperando encontrar una historia con su planteamiento, nudo y desenlace fluyendo sin problemas de un capítulo a otro, en una progresión ininterrumpida. Lamentablemente, esa es la idea errónea que muchas personas tienen al comenzar a leer la Biblia por primera vez.

Dios mismo desea que lo conozcamos. Por eso tenemos la Palabra. Ha sido revelada a nosotros. Es verdad que la Biblia es una historia—la historia de Dios obrando en la historia de la humanidad, pero narrada por medio de 40 autores humanos en el transcurso de 1,500 años y empleando muchos tipos diferentes de literatura en la narrativa. Por lo tanto, es absolutamente vital que nosotros, como creyentes en Cristo, leamos y estudiemos la Palabra de Dios (Salmo 119:9–16; Juan 1:1–5; 14–18). Y la verdad central de la Escritura, por medio de la cual lo conocemos, es Jesucristo (Juan 5:37-39). De hecho, el Antiguo Testamento fue escrito en anticipación de la obra de Cristo en la tierra, mientras que el Nuevo Testamento fue escrito como una explicación de esta. La Biblia entera se centra en la obra salvadora de Cristo, al morir en la cruz por nuestros pecados y Su gloriosa resurrección de la muerte.

En Lucas 24, encontramos a Jesús conversando con dos de Sus seguidores caminando muy desanimados rumbo a Emaús. No solo se sentían tristes por la muerte de su Maestro, sino que, además, se resistían a creer que realmente hubiera resucitado, como argumentaban los otros discípulos del Señor. Iban tan perturbados que no se dieron cuenta de que era Jesús quien se les había aparejado en el camino. Pero se sorprendieron al escuchar a este «extraño» reprenderles con estas palabras:

«¡Qué necios son! Les cuesta tanto creer todo lo que los profetas escribieron en las Escrituras ¿Acaso no profetizaron claramente que el Mesías tendría que sufrir todas esas cosas antes de entrar en su gloria?» (vv. 25-26).

Teniendo en mente el Pentateuco—que son los primeros cinco libros escritos por Moisés (de Génesis a Deuteronomio), observe lo que hace Jesús:

«Entonces Jesús los guio por los escritos de Moisés y de todos los profetas, explicándoles lo que las Escrituras decían acerca de Él mismo» (v. 27).

Después de que Jesús cenó con ellos, estos discípulos finalmente le reconocen. Pero Jesús desaparece de su presencia. En menos de una hora, ambos estaban de regreso en Jerusalén, contando a los otros once y a los que estaban con ellos, acerca de su encuentro con Jesús. Justo en ese momento Jesús se les aparece y les muestra las pruebas de Su resurrección. Mientras comía con ellos, les dijo estas reveladores palabras:

«Cuando estaba con ustedes antes, les dije que tenía que cumplirse todo lo escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos» (v. 44).

Hablar de la ley de Moisés, los profetas y los Salmos es otra manera de referirse a todo el Antiguo Testamento. En otras palabras, el Antiguo Testamento centra su atención en la obra redentora del Mesías esperado. De hecho, toda la Biblia tiene como tema central al Señor Jesucristo. El Antiguo Testamento anticipa con ansias Su venida y el Nuevo Testamento mira hacia atrás, a Su llegada. El Antiguo Testamento vislumbra Su sombra; el Nuevo revela Su sustancia. El gran maestro bíblico de antaño, William Evans, señaló: «Corte la Biblia en cualquier lugar y sangrará. La sangre de Jesús mancha cada página, cada libro, en ambos testamentos».1

Si queremos conocer a Dios, debemos leer Su Palabra a través de una lente centrada en Cristo. Véalo en la creación, véalo presagiado en el tabernáculo, y véalo representado por Oseas. Si queremos conocer a Dios, debemos conocer Su Palabra. En Su Palabra, podemos ver que Jesús es fiel a todas Sus promesas y que Él se ha entregado voluntariamente, como el Hijo del Hombre, enviado para salvar a un pueblo pecador impotente ante la ira que él mismo se había ganado. Cuando podemos captar la gracia de Dios en Cristo, el «mensaje [que] se mantuvo en secreto durante siglos y generaciones, pero ahora se dio a conocer al pueblo de Dios» (Colosenses 1:26, NTV), podemos confiar en Él como nuestro Salvador.

Reflexionar en todo esto puede ser muy provechoso a la hora de leer cualquier libro de la Biblia. Pero no debemos conformarnos solo con leerla o estudiarla, sino que debemos poner en práctica lo aprendido. La verdadera preocupación de Dios por todos nosotros, Sus hijos, es que estemos viviendo llenos de Su vida y siendo transformados por Su Palabra.